domingo, 17 de enero de 2016

TOMASO ALBINONI....CONCIERTO PARA OBOE EN RE MENOR , OP. 9 , Nº 2

Entre los compositores del Barroco suele ser habitual el estereotipo de compositor con una basta produción sacra, incluso perteneciente al clero, que a través de la música pretendían honrar a Dios y prestar servicio como compositor de Corte o Maestro de Capilla. En esa línea se movieron Bach, Haendel, Vivaldi o Monteverdi, pero no se da en todos los casos. Así,sabemos que Tomaso Albinoni, nacido y asentado en Venecia, fue un fabricante de naipes al que al mostrar dotes musicales hizo de la música su profesión. Además podemos  añadir que nunca tuvo intención de conseguir un puesto en corte, iglesia o catedral alguna, sino que prefirió trabajar como lo que hoy llamaríamos un profesional liberal. Sólo compuso cuatro obras religiosas durante toda su vida (dos oratorios, una Misa y un Magníficat)...



La familia Albinoni pertenecía por derecho propio a la República de Venecia y se encontraba asentada en su capital desde la segunda mitad del siglo XVI, donde habían acudido procedentes de Castione della Presolana, cerca de Bérgamo, en la esquina noroeste del territorio veneciano. La familia se fue incrementando, dando lugar a diversas ramas que desempeñaban oficios dispares pero siempre dentro de la burguesía. En el caso de nuestro compositor, su rama llegó a la capital con su padre, Antonio, que comenzó a desempeñar un oficio de ayudante de papelería. El dueño del negocio falleció pronto, dejando viuda pero no herederos naturales, lo que provocó que Antonio fuese beneficiado en el testamento. Cuando la viuda falleció, heredó el negocio bajo el emblema de su benefactora.




Tomaso Albinoni, nuestro compositor, fue su primogénito, a quien educó no sólo en el negocio, concretamente en la rama de la fabricación de naipes, sino también dándole estudios de violín, después de canto y finalmente de composición. Mientras tanto seguía en el negocio de las cartas, apareciendo su nombre en el dos de espadas, descuidándolo poco a poco en beneficio de la composición, lo que motivó algunos pleitos con el gremio de pintores y papeleros. Cuando falleció su padre en 1709, no fue fácil encontrar a alguien que se quierea ocupar a tiempo completo al negocio familiar. Otro de los hijos, Giovanni, lo hizo en un primer momento, pero su fallecimiento en 1718 provocó que el negocio saliera de las manos de la familia.

 

Albinoni es un compositor recuperado timidamente durante la segunda mitad del siglo XX y que hasta las últimas décadas, con el auge del movimiento historicista, no ha llegado a adquirir cierta relevancia. Relevancia muy tímida, pues por desgracia gran parte de sus obras se han perdido y sólo un puñado de éstas aparecen de cuando en cuando grabadas. Su aparición en la escena de nuestros días sí tiene fecha y un nombre: 1945 y Remo Giazzotto, el musicólogo que dijo haber descubierto un fragmento de un Adagio del compositor, publicado en 1958. Una historia de leyenda de la que sabemos hoy que es, efectivamente, una leyenda, y de la que hablaremos en otra ocasión. No obstante, la chispa del interés había despertado, investigándose obras, auténticas, del mismo.

La tarea de redescubrir a Albinoni no fue sencilla. Fue uno de los compositores más pronto olvidados y además denostados. Así, el musicólogo belga François-Joseph Fètis, que publicó entre 1835 y 1844 una Biografía universal de los músicos, dice de él que su estilo es seco, sus ideas anodinas o triviales y que la expresión de los textos de la mayoría de sus óperas es casi nula. Una afirmación que debemos poner a la luz de la época en la que se hace: el consolidado romanticismo avanza a pasos agigantados y el Barroco es visto como rígido y automatizado.
Hoy sabemos que su mayor producción se desplegó en el campo de la ópera, donde hoy está completamente olvidado. Si aceptamos algunos datos que nos ofrece en sus escritos el propio compositor, podemos deducir que compuso un total de 81. De ellas, únicamente seis se conservan completas. Tan basta producción nos demuestra un gusto destacado por el género, pues en conjunto superan en número al resto de sus composiciones.


                                       Maximiliano Manuel de Baviera, dedicatario de los conciertos, en un óleo de José Vivien.

LOS CONCIERTOS

Vayamos al op. 9. Se trata de doce conciertos con esta curiosa distribución: uno para violín, otro para oboe y otro para dos oboes, repitiendo la secuencia cuatro veces. Están dedicados al Príncipe Elector Maximiliano Manuel de Baviera. Se desconoce qué fue primero, si la composición o la dedicatoria: bien Albinoni había oído hablar de los excelentes oboístas de la Corte de Baviera y por eso le dedicó la obra, o bien, tras elegir al destinatario, procuró que estos conciertos se adecuasen la particularidad. Maximiliano era un destinatario lógico, pues había visitado Venecia con frecuencia, donde su esposa había residido entre 1705 y 1715. Además, nuestro compositor acudió a Munich en 1720.
Estos conciertos se publicaron en Ámsterdam en 1722. El conjunto es homogéneo y con influencias francesa y alemana. Los movimientos lentos están cuidadosamente elaborados, muy melódicos, mientras que los rápidos colocados al principio y al final, juegan notablemente con la dinámica tensión-relajación, en un estilo sobrio y muy elegante.


                                         EL CONCIERTO Nº 2

El Concierto que escuchamos  , el nº 2 de este op. 9, es el primero para oboe del conjunto de los doce. La interpretación escogida es la de uno de los grandes oboístas del siglo XX, Heinz Holliger (n. 1939, Langenthal, Suiza), acompañado de I Musici. Este grupo de cámara de Roma fue fundado en 1952 y se mantiene hasta la actualidad (con las correspondientes renovaciones de músicos). Formado por seis violines, dos violas, dos violoncellos, un contrabajo y continuo, sacaron a la luz numerosas obras del repertorio Barroco, muchas de las cuales no han recibido interpretación mejor en disco debido a unas lecturas luminosas, precisas y cargadas de belleza. Su grabación de estos conciertos de Albinoni en 1967, la primera que se hizo, resiste el paso del tiempo imbatible gracias a una excelente toma sonora que ha permitido su reedición una y otra vez sin caer en lo obsoleto. Nótese que no es una grabación historicista, sino con instrumentos modernos, pero adecuándose a las dimensiones de plantilla que requiere una obra de este tipo. Holliger, que no había cumplido aún los treinta, resulta insuperable como solista.

El inicio del primer movimiento es sólido y sobrio, a lo que contribuye la tonalidad de re menor. El tema es expuesto en los violines para tomarlo el oboe (0:30). El material irá evolucionando tanto en oboe como en el tutti sin llegar a utilizar la técnica del ritornello de Vivaldi pero con claras reminiscencias.


                               Evolución del oboe. El segundo es el oboe barroco, el tercero el oboe moderno

 El segundo movimiento, en si bemol mayor, contrasta por su carácter relajado y su estructura semejante a la primera sección de un aria barroca, con la diferencia de repetir la primera idea solista hacia más de la mitad del mismo. El apoyo del tutti, en semicorcheas en los violines, contribuyen a su delicadeza y a la vez suponen un contraste frente a la variedad rítmica del solista.

El tercer movimiento regresa a la tonalidad inicial, sobrio pero altamente efectivo de planteamientos, con el juego de tonalidad menor-mayor.
Como resultado, una obra que sale de lo artesanal para ofrecer momentos de gran belleza tímbrica, aunque quizás su gran aportación no sea ni la forma ni la construcción armónica, sino desplegar las posibilidades de contraste de un instrumento que, como solista, se encontraba en su primera fase.
 http://eltorneodelwartburg.blogspot.com.es/2015/02/concierto-para-oboe-en-re-menor-op-9-n.html

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