martes, 16 de junio de 2015

LA POESIA ARABE CLASICA Y EL ESPLENDOR DEL SIGLO XI...PARTE III

 

Levante


Los fātas o antiguos funcionarios califales, de origen europeo y servil, se hicieron dueños, a la caída del califato, de las provincias de al-Andalus que se extendían a lo largo de la costa este de la Península, el Šarq al-Andalus, o Levante. Estas tierras, de clima suave y próspera agricultura, no habían conocido anteriormente un gran desarrollo urbano, a excepción de Murcia, y la culturización producida por la llegada de las élites cordobesas fue muy sensible. Hubo, con un gran desarrollo urbanístico, un despertar a la cultura árabe, hasta entonces fenómeno lejano de la Bética, tanto más cuanto los más conspicuos intelectuales de la corte siguieron a los grandes fātas en su aventura taifal.

Así, los primeros nombres que suenan en tierras levantinas son los de los poetas cordobeses como Grafíaāid de Bagdad o Ibn Darrāŷ al-QaGrafíaGrafíaalli. Ya vimos cómo una de las más perfectas casidas neoclásicas de este último poeta había sido compuesta, en Valencia, en honor de los dos fātas que compartían el poder en esta ciudad. La presencia cultural cordobesa continúa en Valencia cuando se convierte en rey de la misma ‘Abd al-‘Azīz, nieto de Almanzor.

Algo muy parecido sucede en el vecino reino de Denia, donde su soberano, Muŷāhid, cultísimo militar de origen seguramente sardo, aunque educado en Córdoba, acoge a importantes intelectuales cordobeses. En esta taifa la poesía será fruta madura, ya que Muŷāhid no es proclive a los poetas y prefiere a los filólogos, ulemas y prosistas, porque, filólogo él mismo, cree que los poetas no utilizan las palabras con propiedad. Ante la figura de Ibn Darrāŷ guarda un respetuoso silencio,   —98→   cuando el anciano poeta recita ante él una solemne casida en la que hace referencia a Muyŷāhid como marino, ya que con sus naves conquistó las islas Baleares y Cerdeña, y que comienza así:




Naves que son como esferas celestes y donde sus arqueros


son estrellas, armadas de punta en blanco.


Cruzas con ellas los abismos del mar,


y sus olas se fatigan por el peso abrumador.




Pero cuando los poetas no tenían la categoría de Ibn Darrāŷ, eran objeto de su desprecio. Un día se le presentó Abū ‘Alī Idrīs ibn al Yamānī de Ibiza, isla famosa por sus sabinas, y le recitó, mientras el emir se dedicaba a tirarse de unos pelillos que tenía en la mejilla ante el farragoso estilo del poeta balear, lo siguiente:


Cuántas noches he viajado, preocupado porque conmigo no iba la estrella de la buena suerte; iba acompañado de un grupo de gentes altivas como leones del desierto o serpientes.

Vestían las negras tinieblas, cuando andaban por la noche; se velaban con el resplandor de la mañana, cuando caminaban por el día; caminan al occidente de cada tierra en su oriente, y el oriente de cada tierra es occidente.

El alba está velada y la noche ha tendido su tienda; es como si las deslumbrantes estrellas fuesen un grupo de gente entre los que se levanta la luna como un predicador en el púlpito.

Es como si la luz de la aurora fuese la bandera de un jinete que siguiese un ejército de estrellas. Es como si el rayo del sol fuese el rostro de Muŷāhid cuando ilumina con su resplandor el atardecer.


Cuando terminó el poema, Muŷāhid le arrebató el papel en el que estaba escrito, se lo llevó a la nariz, lo olió y tapándose la nariz con los dedos, dijo: «Tu poema huele a sabina»

Su sucesor ‘Alī ibn Muŷāhid (1045-1076), aunque no aparece como tal crítico con los poetas, tampoco tiene una corte poética a su alrededor. Los poetas denienses como Ibn al-Labbāna ya citados pertenecen   a la tercera generación taifal y la conquista de Denia por los hudíes de Zaragoza les lleva a exiliarse de su patria y hacer florecer su poesía en otras tierras. No es solamente el caso de Ibn al-Labbāna: el filósofo, científico, médico, botánico y musicólogo Abū-l-Grafíaalt (1067-1134), nacido en Denia y emigrado a Sevilla, será poeta en las lejanas tierras de Egipto y Túnez.

Parecida situación se da en Murcia, pues ya hemos visto el caso de Ibn WaGrafíabūn, poeta en la corte de Al-Mu‘tamid. Parece que hay que esperar al siglo XII para encontrar muchos excelentes poetas en esta tierra.

La excepción se encuentra más al sur, en tierras levantinas de lo que hoy es Andalucía, en Almería, pues cuando acceden al poder los Banū SumādiGrafía, un familia de origen árabe, tras el dominio de los fātas Jayrān y Zuhayr, en el año 1041, alrededor del rey al-Mu‘taGrafíaim, se produce una pequeña corte poética. Curiosamente la mayor parte de los poetas, exceptuados los príncipes de la familia real, son de origen granadino, huidos del ambiente poco favorable para la literatura árabe que ofrecía la corte de los bereberes ziríes de Granada, donde el único poeta que había podido sobrevivir fue Abū IsGrafíaāq de Elvira, el alfaquí de corazón de esparto.94 Así, son poetas en Almería Ibn Grafíaaddād de Guadix (m. 1087), enamorado de una doncella cristiana,o al-Grafíaumaysir de Elvira, uno de los pocos poetas andalusíes especializados en poemas de tipo ascético o zuhdiyyāt, como muestra el siguiente poema:




El mundo es fugitivo y por eso dicen que es un espejismo;


todo lo que se construye acaba en desolación y ruina;


el destino es avaro y siempre hay en él desasosiego;


quita lo que ha dado y lo que da es castigo;


el día del Juicio todos los hombres serán interrogados


y habrán de responder;


El Acirate estará levantado aquel día, en el que nada quedará oculto.


¡Confía en Dios y evita todo lo que significa cálculo!



 
Al-Mu‘taGrafíaim, rey de Almería (m. 1091), es, como al-Mu‘tamid, un rey poeta, aunque no tiene la brillantez del sevillano, al que posiblemente envidió un tanto. Tiene algunas imágenes bellas como:




Miro las banderas palpitantes, movidas por las manos del viento;


ellas son nuestras mejores galas, y al verlas tremolar


parecen los corazones del enemigo el día de la batalla.




[Traducción de S. Gibert].               



Más interés como poetas tienen sus hijos Rafī‘l-Dawla, Abū Ŷa‘far, ‘Izz al-Dawla y Umm al-Kirām, esta última una mujer, de la que se conservan un par de versos, pero tal vez sus poemas no hubiesen sido conocidos si no fuera por su condición de príncipes.

Pero este Šarq al-Andalus o Levante se redime de no ser poéticamente la Sevilla oncena con el mejor poeta modernista de al-Andalus, Ibn JafāŶa de Alcira (1058-1139). La vida de este poeta de la ribera del Júcar no tiene el dramatismo de las de Ibn Zaydūn, al-Mu‘tamid o Ibn ‘Ammār. El acontecimiento más importante de su vida fue su encuentro, yendo de viaje con Ibn WaGrafíabūn de Murcia, entre Almería y Lorca, con un destacamento de caballeros cristianos que les atacaron y mataron al poeta murciano, pero Ibn Jafāŷa logró huir (1091). Rico hacendado, no necesitó ir en busca de mecenas de una corte en otra, ni en época de los reyes de taifas, ni de los almorávides, aunque hizo algunos viajes y escribió algunos panegíricos. Es, pues, su poesía y solamente su poesía lo que le hace atravesar los siglos hasta nosotros.

Se le ha llamado el poeta «jardinero» porque su poesía en este género poético alcanzó la más extraordinaria calidad, pero en realidad su sentimiento de la naturaleza desborda el marco del jardín y las flores, de forma que la poesía que describe, la naturaleza se llamará, en al-Andalus, de estilo jafāŷyi, haciendo referencia a su apellido.

Es difícil analizar el secreto poético de Ibn Jafāŷa, especialmente cuando las muestras de su poesía han de leerse en una traducción que ha perdido la belleza de las figuras de lenguaje utilizado por el poeta como sus delicadísimas aliteraciones. Desde las imágenes del pensamiento,   desde las comparaciones y todo tipo de metáforas, podemos decir que realiza un encadenamiento sutil, de forma que cada imagen lleva la connotación de otras muchas. Así, cuando nos describe un jardín, vemos una sonrisa, un ejército en marcha, el vino en su copa de cristal y a un caballo alazán, como en la siguiente rawGrafíaiyyat, que acaba con la aparición de un bello joven:




¡Ven a beber con premura, ahora que el céfiro es lánguido


y la sombra se extiende como trémulo pabellón!;


las flores son ojos que lloran al despertarse


y el estanque es una sonrisa que brilla luminosa;


las acacias están embriagadas y se cimbrean ebrias


mientras las palomas zurean en sus ramas;


en el horizonte, nube y relámpago


han dejado enseña y destacamento


y así, todas las ramas de la fronda exhalan aroma


y sofocan con su aliento a collados y torrentes;


el jardín agita graciosamente sus mantos,


como un borracho, al que el céfiro tambalea;


ahíto de agua, el rocío le ha plateado,


y al desaparecer la tarde ha dorado sus mejillas;


desde el velo de las nubes, unos ojos vigilan el jardín,


mientras la tarde languidece;


miran tiernamente a los que rondan, quejosos,


del trato del fuerte hacia el débil;


el sol, con la frente pálida, es suave


y, en el viento, hay un aleteo de brisa refrescante.


El vino es abatido y cae de bruces,


expulsando por su boca un aroma violento;


la copa es un caballo alazán que da vueltas,


con un sudor en el que fluyen las burbujas;


corre con el vino y la copa, una luna


de rostro hermoso y sonrisa mielada;


armado de punta en blanco, en su cintura y en su mirada,


hay también armas y espadas penetrantes.98




Como hemos dicho, Ibn Jafāŷa es algo más que un especialista en rawGrafíaiyyāt. Un ejemplo podría ser el poema cinegético que traducimos  a continuación y en el que ha logrado reproducir todo el colorismo y dinamismo de una cacería:




Caza con toda clase de aves de rapiña,


de ruidosas alas y rojas garras,


cuyos costados están rodeados de un tejido rayado


y tienen los ojos alcoholados de oro;


se les da suelta, con todas las esperanzas


y vuelven con las garras y el pico teñidos;


también están los corredores, de gran hocico, ojos pequeños,


flexible talle, correas al cuello, y experimentados;


muestran dientes como puntas de lanzas,


mas cuando corren, son las propias lanzas cimbreantes;


siguen a la presa sobre las rocas, mientras la noche


les envuelve con su manto de color de la pez;


unos son negros, con ojos llameantes,


que parecen lanzar carbones encendidos;


otros llevan camisa rojiza en la que, la correa,


parece un cometa errante en una nube de polvo;


corren sobre la línea de un camino borrado,


pero ellos leen la línea de escritura;


su esbeltez ha doblado su espinazo, de tal manera que parecen


lunas menguantes entre el polvo que les oculta.


A veces la presa es un zorro de vientre blanco,


con finas orejas y pelaje gris;


corre con precaución, encogiendo las patas,


se encoge y se dobla como un brazalete;


corre con astucia, dando regates,


y casi está a punto de escapar de las manos del destino,


pero, al darse la vuelta, el temor de la muerte


le impulsa como una pelota que devuelven


las manos del desierto;


otras veces es una ave ligera que pasa


y levanta el vuelo de otras aves;


corta de paso, parece caminar


como una joven que arrastra un manto;


con su pico teñido parece que ha bebido


en una copa de vino



  
La visión antropológica de la naturaleza lleva a Ibn Jafāŷa a personificar una montaña como interlocutor de una serie de pensamientos ascéticos. Así, sin dejar de ser el poeta de la naturaleza, penetra en el género de las zuhdiyyāt de una forma originalísima, tanto como en el tema: la poesía árabe medieval había olvidado las montañas como tema poético:




¡Por mi vida! ¿Era el veloz viento ábrego


quien ponía alas a mis pies o era mi noble cabalgadura?


Apenas había amanecido, como si fuera un astro,


cuando ya me deslizaba hacia el ocaso;


había errado solo por los desiertos,


me había encontrado con el rostro enmascarado de la muerte;


no llevaba otra compañía que la espada afilada,


ni había tenido otra compañía que la giba de mi camello;


no había tenido otro solaz que la fugaz sonrisa


que aparece en los labios del deseo en la faz de la ilusión;


mis palabras, en la noche, se me mostraban falsedades;


arrastraba las tinieblas de negros penachos


para abrazar las esperanzas de blancos pechos,


cuando, al desgarrar el escote raído de la noche,


surgió el brillo de una sonrisa sombría


y vi en el girón del alba, en la claridad tenue


donde una estrella encendía su fulgor,


un monte de alto y orgulloso penacho,


cuya cumbre rivalizaba con la altura del cielo


y detenía a los vientos de todas las direcciones,


mientras oprimía, con sus hombros, a los astros de la noche;


siempre joven a lo largo del tiempo,


a veces aparece con la cabeza cana de nieve;


las nubes que le envuelven parecen turbantes negros


y el resplandor de los relámpagos, penachos rojos;


hincado de pie, en medio de la tierra desierta,


parece pasarse la noche meditando.


Yo le hablaba a gritos y permanecía mudo,


pero aquella noche me contó maravillas:


«¡Cuántas veces he sido refugio de criminales


y asilo de ermitaños y penitentes!


¡Cuántas veces han llegado, al anochecer, viajeros


y han dormido a mi amparo, jinetes y cabalgaduras,




mientras mis espaldas eran azotadas por los vientos


y mis flancos eran golpeados por el verde mar!


¡Cuántos soles y lunas he visto pasar


y cuántas miradas de las estrellas se han posado en mí.


Todos han sido barridos por la mano de la muerte


o han sido alejados por el viento de la adversidad!


El latido de mis bosques no es sino temblor de un pecho


y el zureo de sus palomas, el planto de las plañideras;


el olvido no ha secado mis lágrimas,


aún lloro el alejamiento de mis amigos.


¿Hasta cuándo seguiré despidiéndome


de un viajero tras otro?


¿Hasta cuándo seguiré vigilando las estrellas


que aparecen y desaparecen continuamente?


¡Ten piedad de mí, Señor! ¿Es la plegaria de un suplicante que


extiende sus manos hacia ti?»


Así me hizo oír en su prédica todas sus experiencias


que había traducido al lenguaje de los que han sido probados;


me consoló, al hacerme llorar,


me alegró, al hacerme sufrir.


Fue el mejor compañero de mis noches de viaje.


Me despedí de él y le dije adiós:


unos están condenados a permanecer, otros a partir.




La poesía de al-Andalus había alcanzado su cumbre con esta montaña. Ya no volverá a subir a estas alturas. Ibn al-Zaqqāq de Valencia (m. 1134), sobrino y discípulo de Ibn Jafāŷa, tal vez por su prematura muerte sólo reproduce de su tío la belleza formal como en el poema:




Crucé por los arriates de amapolas.


jugando andaba el céfiro, y la lluvia


con su fusta de azogue flagelaba


las florecillas de color de vino.


¿Qué delito fue el suyo? Que robaron


el lindo carmesí de las mejillas.




[Traducción de E. García Gómez].               






ArribaAbajo Badajoz


Si en las tierras de al-Andalus que recibían primero el sol floreció la poesía, no fue menos en las tierras del occidente donde se ocultaba, pero tal vez, en un paralelismo con el fenómeno astral, esta poesía no va a ser tan luminosa.

Si el Levante fue conocido por Šarq al-Andalus, el occidente lleva también el nombre geográfico correspondiente: Garb al-Andalus, u oeste de al-Andalus, nombre que perdura aún hoy en el sur de Portugal, en el Algarve.

En esta zona sudoccidental, los poetas estuvieron bajo la influencia estelar de Sevilla, pues los pequeños reinos del Algarve fueron incorporados a esta taifa por al-Mu‘taGrafíaid. Así, el mejor de sus poetas en esta época fue Ibn ‘Ammār de Silves. Pero las tierras centrales de lo que es hoy Portugal y la Extremadura española formaron el reino de taifas de Badajoz, que conservó su autonomía hasta la conquista de los almorávides con la dinastía de los Banu AfGrafíaas o aftasíes. Estos soberanos, de lejano origen bereber, se distinguieron de las otras dinastías de este origen étnico más o menos lejano como Granada y Toledo por gustar, cultivar y proteger la literatura.

La corte de Badajoz tuvo también un poeta modernista, Ibn Grafíaāra de Santarén (m. 1123), del que ya mencionamos un poema sobre la berenjena, pero su poesía resulta muy artificiosa frente a la maestría de Ibn Jafāŷa. Por ejemplo, Ibn Grafíaāra describe así un naranjo:




Veo que el naranjo nos muestra sus frutos


que parecen lágrimas de rojo por los tormentos del amor.


Pelotas de cornalina en ramas de topacio,


en las manos del céfiro hay mazos para golpearlas.


Unas veces las besamos y otras las olemos, y así,


tan pronto son mejillas de doncellas como pomos de perfume.




[Traducción de E. García Gómez].               



La descripción del naranjo y su fruto en Ibn Jafāŷa, utilizando los mismo procedimientos, es decir, metamorfoseando las naranjas en piedras preciosas, resulta superior, sin términos pedantescos:
  —106→  



¡Cómo se pavonea, orgulloso, cuando la lluvia


le regala joyas rojas y ropajes verdes!


La saliva de las nubes se ha derretido como plata


en sus ramas y se ha solidificado en oro puro.




Unos personajes curiosos, al menos por su apellido romance que significa «vuelvo la cabeza», son los hermanos QabGrafíaurnu, Abū Bakr (m. 1126), Abū-l-Grafíaasan y Abū MuGrafíaammad, los dos últimos muertos en fecha desconocida. Los tres eran poetas de tipo modernista y se nos ha conservado un poema hecho por los tres al alimón.

Los tres hermanos habían estado bebiendo juntos hasta que el sueño les venció. Al amanecer, se despertó primero Abū MuGrafíaammad, que le dijo en verso a su hermano Abū Bakr:




¡Oh hermano mío, ha llegado la aurora a la que la noche


había velado la luz y la belleza de su rostro!


¡Despierta y aprovecha la alegría de la mañana,


pues no sabemos qué traerá la nueva noche!




Despabilado, Abū Bakr recitó al tercer hermano aún durmiente, Abū-l-Grafíaasan:




¡Oh hermano mío! ¡Levanta a ver la languidez del céfiro,


la mañana del jardín y el vino fresco!


No duermas y aprovecha la alegría del día,


pues ya tendrás un largo sueño bajo la tierra.




Despertose Abū-l-Grafíaasan y dijo:




¡Oh hermanos míos! ¡Dejad los reproches


y bebamos el mejor vino de nuestra bodega!:


¡despreocupaos del transcurso de los días:


el día es de vino y la mañana ocasión de beberlo!




El hedonismo de los Banū QabGrafíaurnu no fue interrumpido por la caída de Badajoz en poder de los almorávides, mientras otro poeta, Ibn    ‘Abdūn de Évora (m. 1126), entonaba un lúgubre treno por la caída de los reyes de taifas en general y de los aftasíes en particular.

Este género, el treno -rita o martiya en árabe- ya tiene unas características propias en esta época, tanto desde el punto de vista formal con el uso de anáforas que le asemejan a una letanía, como desde el punto de vista temático con el leitmotiv del ubi sunt o dónde fueron los pueblos y grandes hombres que vivieron en el pasado y luego desaparecieron. El treno de Ibn ‘Abbūn ofrece todas estas características, pero la enumeración de personajes de la antigüedad que desaparecieron como lo habían hecho los reyes de taifas le convierte en una especie de enciclopedia erudita en verso. El mejor elogio fúnebre de la época dorada de los reinos de taifas lo realizó otro contemporáneo de Ibn ‘Abdūn y originario de las tierras del occidente de al-Andalus: Ibn Bassām de Santarén, al escribir una antología crítica de la literatura que se había producido en el siglo de oro de al-Andalus: el siglo de las taifas.
http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/literatura-hispanoarabe--0/html/ff53f93e-82b1-11df-acc7-002185ce6064_33.html

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