viernes, 12 de junio de 2015

LA POESIA ARABE CLASICA YEL ESPLENDOR DEL SIGLO XI...PARTE I




La poesía árabe de tipo clásico había llegado en al-Andalus a las máximas cotas respecto al modelo oriental a finales del siglo X. Su pulso no iba a decaer durante los dos siglos siguientes, tal vez por la ley de los grandes números. La caída del califato omeya y la guerra civil produjeron la descentralización de la cultura, que se extendió a todos los lugares de al-Andalus. Hasta entonces la poesía árabe era una manifestación cortesana: era en Córdoba o a lo más en otras ciudades de la Bética, como Sevilla, donde se encontraban los cenáculos en que un poeta se hacía, en las clases de poesía que se impartían en la mezquita, en los salones, en las tertulias, desde el momento en que la poesía árabe es especialmente erudición. Los sabios, los filólogos, los literatos, los poetas de Córdoba emigraron de la ciudad destruida por los bereberes y llevaron sus conocimientos exquisitos a los más perdidos lugares de la Península donde hallaron refugio. Como consecuencia hubo más poetas y más posibilidades de que entre ellos hubiese buenos poetas. La poesía seguía siendo un fenómeno cortesano, pero ahora había muchas cortes.
Hubo muchos poetas en árabe durante los siglos XI y XII: excelentes, medianos y malos. Y excelentes historiadores, antólogos y críticos. Casi sabemos todo lo que se escribió y además ha sido muy bien estudiado en nuestros días. Dada la extensión de estas páginas tendremos     que silenciar muchos nombres y mencionar sólo aquellos que, desde nuestro punto de vista, representan las cimas más importantes.
La primera generación de poetas de estos siglos de oro es aún cordobesa y su núcleo mas importante está formado por el grupo que denominamos los «nostálgicos» del califato. Es una generación que forma parte de una clase social muy determinada: la aristocracia de la sangre y de la administración, de la espada y del cálamo, para usar una definición que usarían los propios árabes. Son los hijos de los grandes funcionarios del califato omeya, nacidos o criados en las ciudades de Medinazahara o Madīnat az-Zāhira que recibieron una educación esmeradísima, que escribían el árabe más depurado, que esperaban un futuro cómodo en la corte y que de repente, cuando eran muy jóvenes, vieron derrumbarse su mundo. Algunos se inventaron otros mundos, otros sucumbieron con el pasado, pero todos sintieron nostalgia, política y cultural, por el mundo de su infancia: quisieron restaurar el califato omeya, odiaron a la plebe y a los reyes de taifas, se refugiaron en la escritura y sobrevivieron como pudieron. Casi todos escribieron poesía y algunos fueron extraordinarios poetas.
En este grupo, no incluimos a los poetas de la corte de Almanzor aunque siguiesen componiendo como Ibn Darrāŷ al-QaGrafíaGrafíaallī, Grafíaā‘id de Bagdad o Ubāda ibn Mā’ al-Samā‘, supervivientes del desastre cordobés, peregrinos por las cortes de taifas, poetas hasta su muerte, sino al grupo formado por Ibn Šuhayd (992-1035), Ibn Grafíaazm (994-1063), Ibn Grafíaayyān (987-1067), Ibn Zaydūn (1003-1070), Ibn Burd «el joven» y otras figuras secundarias.
Como poetas destacan Ibn Šuhayd e Ibn Zaydūn, aunque la poesía intelectualizada de Ibn Grafíaazm no deja de ser interesante y requeriría un estudio que posiblemente no se ha hecho porque los otros aspectos de su figura han eclipsado esta faceta.
Ibn Šuhayd es un extraordinario poeta y según sus propias teorías, por talento natural y no por erudición, aunque su poco bagaje erudito no fuese sino una de las puestas en escena del personaje que él mismo se creó, como haría Lord Byron, con el que tiene ciertos paralelismos y no sólo porque adoptase un talante cínico y libertino. Como poeta  cultiva los géneros modernistas porque son los que reflejan su forma de vivir, con una evidente actividad bisexual y báquica, tal vez exagerada para épater le bourgois. Un ejemplo podría ser uno de sus poemas en los que mezcla, con extraordinaria habilidad, los géneros modernistas:



La lluvia, insomne en el jardín,


cayó mientras las flores dormían;


al despertarse eran como las bellas


que nadan entre las olas;


dueñas a las que no importaba


mostrar brazos y mejillas;


doncellitas que se quejaban ruborosas


y se escondían entre sus cálices;


había rosas que eran como mejillas ruborizadas


por la mirada del atrevido;


amapolas que se quejaban


de su rostro abofeteado;


ramas de árboles que parecían bailar


una danza lujuriosa e incitante;


todos revivían con la lluvia


y reían mientras el cielo estaba taciturno;


todas las flores tenían collares de perlas


fundidas por mano de artífice;


reían unas, llorando lágrimas de rocío,


otras lloraban, sonriendo;


unas hermosas doncellas corrieron hacia ellas


aquella mañana, también sonriendo;


reían fatuamente y se encontraron


sonrisas con sonrisas;


reían cuando brilló un relámpago


y yo vi los dos tipos de relámpago.





Tras la descripción de la tormenta primaveral con las flores mujeres y las mujeres en flor, una rawGrafíaiyya, humanizada exquisitamente, esboza un fragmento erótico cinegético:



Se erguían y se encorvaban las cinturas


de aquellas gacelitas sedientas;


miraban con embeleso y pronto, el jacinto


se quejó de ser ciego a las palomas;


intenté cazarlas con un grupo de jóvenes




aguerridos en una guerra pacífica


y entre ellos yo parecía Laqit


cuando iba al frente del pueblo de Darim.





Tras esta alusión a las batallas de los árabes pre-islámicos que desmiente su autopretendida falta de erudición, Ibn Šuhayd inicia una escena báquica, pues las víctimas de la cacería resultan ser las jarras de vino:



Las jarras de vino cayeron y fueron degolladas


como si fueran gacelas heridas


que manasen sangre de sus hocicos;


el aura del céfiro sopló en el aire


y las ramas se besaron,


mientras nosotros parecíamos demonios


y las copas las piedras que nos lanzaban.


Nuestra borrachera era tan grande


que nos empeñábamos en hacer lo prohibido;


arrojamos al suelo nuestros bonetes


y arrastramos los cabos de nuestros turbantes;


cantaban las cantoras y les contestaban


los gañidos de las gacelas;


nos levantamos dando palmas


y danzando con las cabezas.





Como si no fuese suficiente la bella descripción de la orgía, hace su aparición un efebo adolescente y afeminado:



Cantó un joven, de los pajes reales,


vástago de los reyes sudarábigos;


se quejaba suavemente del peso de sus zarcillos


y protestaba por la carga de sus amuletos,


no sentía vergüenza de que las jóvenes le besasen


los labios y las mejillas;


ni de que le ofreciesen los frutos de sus pechos,


ni de que le apretasen a sus ceñidores


fingiendo ignorar el deseo despertado


faque conocían perfectamente.


Yo le seguí hasta la puerta de su casa,


porque hay que seguir a la pieza hasta alcanzarla,


le até con mis riendas



y fue dócil a mi bocado.


Fui a beber a los pozos del deseo


y pasé por encima de la vileza del pecado...





Ibn Šuhayd sufre una hemiplejia a los cuarenta y dos años que convierte su vida en un infierno. Entonces compone algunos de los versos más intensos de la poesía hispano-árabe, como su famosa despedida a Ibn Grafíaazm de Córdoba:



Cuando veo que la vida me vuelve la espalda


y que la muerte inexorable me alcanza,


sólo aspiro a vivir escondido allí, en el lugar más alto,


donde sopla el viento, en la cumbre de la montaña,


alimentándome, lo que reste de vida, de granos caídos,


solitario, bebiendo agua de las grietas de las peñas.


¡Amigos míos, se prueba el sabor de la muerte una vez,


mas yo la he probado cincuenta veces!


Siento ahora, a punto de partir,


como si no hubiera obtenido de la vida


sino un instante tan fugaz como el resplandor de un relámpago.


¿Qué te voy a decir sobre mí, a ti, Ibn Grafíaazm,


amigo en mis cuitas y desventuras?


¡La paz sea contigo! Yo me voy.


Este saludo te bastará como viático del amigo que se va;


no olvides rezar por mí cuando me hayas perdido


y recordar mis hechos y virtudes.


¡Conmueve, cada vez que me menciones,


cuando me entierren, a los jóvenes nobles!


Quizá mi cuerpo en la tumba escuche algo de ello,


al ser repetido o cantado por el paseante nocturno;


será un alivio para mí que me recuerden después de muerto;


no me lo neguéis como el capricho de un agonizante.


Espero que Dios perdone mis pecados pasados


ya que Él conoce cómo realmente soy.





Murió en la primavera del año 1035.

Ibn Zaydūn (1003-1070) tiene unas características semejantes a la de su contemporáneo Ibn Šuhayd, del que sólo le separa una vida más larga, pero igualmente intensa. Es el creador, en al-Andalus, de un tipo de elegía que si tiene precedentes en el nasīb, recreada en el neoclasicismo por al-BuGrafíaturī, por ejemplo, inicia una sobriedad serena en el verso, sin términos conceptistas, con figuras retóricas sencillas, como en una depuración del modernismo. El tema de las elegías son los amores y los lugares perdidos, la juventud que se aleja. Es famosa su elegía a la princesa Wallāda, con la que tuvo unos turbulentos amores, en el marco de las ruinas de Medinazahara, poema extraordinariamente traducido por Emilio García Gómez:



Desde al-Zahara con ansia te recuerdo.


¡Qué claro el horizonte!


¡Qué serena nos ofrece


la tierra su semblante!


La brisa con el alba se desmaya:


parece que, apiadada de mis cuitas


y llena de ternura, languidece.


Los arriates floridos nos sonríen


con el agua de plata, que semeja


desprendido collar de la garganta...





Pero no es la única de sus elegías, como no fue Wallāda su único amor. Es muy interesante la que a continuación traducimos porque además utiliza un poema estrófico, rompiendo la rima única de la casida, en estrofas de cinco versos, es decir lo que llama la retórica árabe un tajmīs. Escribió el poema en la cárcel, adonde le habían conducido intrigas palaciegas y sus amores con Wallāda. Poco después huiría a Sevilla:




Aspiro, del céfiro, su aura perfumada


que me recuerda, del amor, el deseo;


brilla un instante el fulgor de un relámpago


y brotan, a su conjuro, las lágrimas.


¿Puede, quien amó con locura, no romper en llanto?




¡Amigos míos! Excusada está mi impaciencia;


si paciente pudiera ser, por mi buen natural sería;


si es desgracia lo que hoy nos depara la suerte,


bebamos hoy y mañana nos preocuparemos.


No es prodigio sino cualidad del alma noble.



Las noches son arqueros que saetean desgracias;


los mensajeros del destino me engañan,


mis días paso con mentidas ilusiones


y llego a la noche, con la lentitud de las estrellas.


El astro más lento es aquel que, de noche, vela.



¡Oh Córdoba la bella! ¿No eres tú mi ansia?


¿No está mi corazón gritando por tu lejanía?


¿Volverán alguna vez tus afamadas noches?


La belleza era tu rostro, el placer, tu oído,


toda la dulzura del mundo, tu morada.



¿No es asombroso que pueda vivir lejos de ti?


Como si pudiera olvidar el aroma de tus calles,


como si no estuviese separado de tus linderos,


como si no fuese mi cuerpo criatura de tu polvo,


como si me rodeasen los muros de mis lares.



Tus días son claros, tus noches serenas,


tu tierra es aurora, tus ramas de vino,


tu suelo ropaje, tu cielo un desnudo,


tu aroma arrayán y sosiego del alma;


tu sombra acogedora colma los deseos.



¿Acaso olvidaste el tiempo de ocio en las Cuestas,


la vida regalada en la RuGrafíaāfa


mis estancias en la Ŷa‘fariyya.


¡Qué lugares para el alma, jardín y agua,


qué lugares para la juvenil locura!



¡Cuántas fiestas y tertulias en el Barranco,


junto a los arriates donde miraban los narcisos;


valle con aura, lugar de deseos y ansias,


aún nublado, se soleaba por el resplandor del vino


que aparecía refulgente en la copa!



Nos reunimos en la Fuente del panal, allí empezamos,


volvimos luego y aún fue mejor;



allí llevaron a la novia del placer, hurí de esbelto talle,


dulce sonrisa, mejilla de rosa,


de manos alheñadas con el vino.



¡Cuántas veces cruzamos el Puente,


al palacio del Cristiano, entre colinas blancas!


Pasábamos a la playa en la orilla del río,


donde juguetean los vientos y esparcen los perfumes


de las flores que allí crecen entre cañas cimbreantes!



¡Qué hermosos días que se fueron


en el aljibe de la noria o en el palacio de NāGrafíaiGrafía,


mientras el viento soplaba en los arroyos,


rizando la superficie del agua en las acequias,


y el sol hacía brillar su lanza enrojecida!



¡Qué amable Azahara, la de la bella vista,


con su aura suave como suspiro, de diamantina pureza!


Basta un atisbo de su belleza para admirarla,


jardín del Edén, río del Paraíso,


con sólo mirarla la vida se alarga.



Son lugares donde lloro el amor perdido,


más tierno y fresco que la rosa de jardín;


allí nos vestimos el ropaje nuevo y bordado del amor;


fuimos para el placer ejército poderoso,


nuestro aliado era el perdón, nuestro enemigo el vigía;



la temprana primavera los vistió con brocado


allí llegaron vientos suaves y húmedos,


sus hijos nacieron dulces de carácter.


Todavía nosotros, mañana y tarde,


mandamos saludos a aquellos lugares.



¡Oh amigos míos, a dónde hemos llegado!


No hay principio al que el fin no siga.


Miro cómo contentar a la suerte,


pero la fortuna es adversa y la miseria llega,


dicen que acaba, pero el odio sigue.



Me fui porque la libertad era oprimida;


intenté consolarme cuando estaba triste,


pero siguió desesperado mi corazón,



pues un país donde soy despreciado, es despreciable


y no estoy dispuesto a envilecerme.



Los enemigos no lograrán borrarme con la cárcel,


pues he visto al sol oculto entre las nubes.


No soy sino sable oculto en su vaina,


león en su cueva, sacre en su nido


o almizcle en su saquillo.



Mi vida se hundió, por diversos devaneos,


al ir hacia vuestros nobles pechos,


de plata, perlas y oro;


rivaliza la luna con las estrellas,


sabiendo que ella es más bella y brillante.



Estoy triste, sin alegría: el vino se avinagra;


no puedo tocar las cuerdas aunque suenen dulcemente,


no dejo de suspirar, aunque me censuren,


no encuentro otro consuelo, lejos de vosotros,


que la llegada de vuestras noticias esporádicas.



Recibid mi alabanza por los días que pasaron dulcemente,


cuando me alegré con vosotros en un mundo bello y frívolo,


que está libre de reproches y aburrimiento.


¡Continuad siendo mis protectores,


para que las viñas de los deseos crezcan libremente!







Las elegías de Ibn Zaydūn crearán escuela y volveremos a ver poemas de este tipo que cantan desde la lejanía al amor y la patria perdida.

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/literatura-hispanoarabe--0/html/ff53f93e-82b1-11df-acc7-002185ce6064_33.html




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