domingo, 14 de junio de 2015

POESIA ARABE CLASICA Y EL ESPLENDOR DEL SIGLO XI...PARTE II

 

Sevilla


Tras la caída del califato, Sevilla se convierte en un reino independiente, en una taifa, bajo la soberanía de una aristocrática y rica familia de provincias: los Banū ‘Abbād. Ya el primero de estos príncipes sevillanos, Abū-l-Qāsim MuGrafíaammad ibn ‘Abbād (1023-1043), muestra las características que van a acompañar a todos los soberanos de su      estirpe: inteligencia, falta de escrúpulos, ambición, valor, orgullo y sensibilidad estética. Con este bagaje consiguieron ampliar los límites de su taifa al Algarve, Huelva, Algeciras, Ronda, Córdoba, parte de Jaén y Murcia. Su extremada sensibilidad estética, refinada por una gran cultura, les hizo rodearse de belleza, ya se encontrara en un rostro femenino, en un objeto precioso, en un palacio o en un poema. Por ello, y esto es lo que nos interesa aquí, Sevilla fue la capital poética del al-Andalus en la época de las taifas hasta tal punto que la caída de los Banū ‘Abbād, destronados por los almorávides, genera un tópico literario: el odio a Sevilla,motivado por el recuerdo, irrepetible con la dinastía norteafricana, de que una buena casida no sólo recibía un alto pago crematístico sino que podía salvar la vida, al aplacar la ira de los coléricos y estetas soberanos de Sevilla.

La primera época de la poesía en Sevilla es todavía una continuación de los gustos de los últimos años del califato: los poetas cultivan las nawriyyāt -panegíricos que fueron reunidos en una antología por el literato sevillano Abū-l-Walīd Ismā‘īl-ibn ‘Āmir (1023-1069), que era conocido como habīb (amigo, amado).

La poesía sevillana toma un mayor grado de exquisitez en busca de la más perfecta belleza formal en el reino de ‘Abbād ibn MuGrafíaammad, que lleva el título real de Al-Mu‘taGrafíaid, el más inteligente, cruel y esteta de los reyes sevillanos, poeta ocasional él mismo y amante de la poesía, de forma que intenta conseguir que sus ministros sean poetas o que los poetas sean ministros, logro perfecto que alcanza al tener como ministro a Ibn Zaydūn, huido de Córdoba. Pero seguramente ya es el mejor poeta de su corte su hijo, el príncipe MuGrafíaammad ibn ‘Abbād, que logra aplacar la cólera paterna con una casida, cuando pierde, por desidia, la efímeramente conquistada plaza de Málaga.

El príncipe, desde muy joven, es poeta, y como dice Emilio García Gómez, «personifica la poesía en tres sentidos: compuso admirables versos; su vida fue pura poesía en acción; protegió a todos los poetas de España, cuando Sicilia y Kairauán fueron, respectivamente, invadidas por los normandos y las tribus beduinas». En Silves, donde su   padre le hizo gobernador a los doce años, conoce a la esclava Rumaykiyya, a la que hará su esposa favorita y a la que dedicará versos bellísimos, porque MuGrafíaammad ibn ‘Abbād, que reinará con el nombre de al-Mu‘tamid, es especialmente un poeta del amor. Recordemos por ejemplo el acróstico en el que cada verso comienza con las letras del nombre que Rumaykiyya tomará como esposa real: I‘timād:



Invisible tu persona a mis ojos, está presente en mi corazón.


Te envío mi adiós, con la fuerza de la pasión, con lágrimas de pena, con insomnio.


Indomable soy, tú me dominas y encuentras la tarea fácil.


Mi deseo es estar contigo siempre. ¡Ojalá pudieras concederme ese deseo!


Asegúrame que el juramento que nos une no se romperá con la lejanía.


Dentro de los pliegues de ese poema, escondí tu dulce nombre, I‘timād.




También en Silves, el príncipe MuGrafíaammad conoce a Ibn ‘Ammār (1031-1086), nacido en una aldea de esta población lusitana, con el que le unirá una amistad equívoca y apasionada. El rey al-Mu‘taGrafíaid destierra a Ibn ‘Ammār por considerarle una influencia perniciosa para su hijo y este hecho nos permite comprobar la calidad poética de Ibn ‘Ammār, tan excelente poeta como político. Desde Zaragoza se dirige a al-Mu‘taGrafíaid para intentar lograr que le levantase el destierro, con una casida elegíaca, al estilo de Ibn Zaydūn, pero con una solemnidad de treno:



No es sino por mí, por quien zurean tristemente las palomas,


no es sino por mí, por quien lloran las nubes;


no es sino por mí, por quien el trueno ha lanzado su grito vengador


y por quien el relámpago ha hecho vibrar su filo cortante;


no es sino por mí, por quien las brillantes estrellas se han vestido


de duelo, y por quien han marchado en cortejo fúnebre;


no es sino por mí, por quien el huracán ha rasgado sus vestiduras


y gime con los gañidos de las tiernas gacelas;


¡Acogedme!, si habéis logrado tranquilizar a los que


engolfados en el céfiro, muestran tras él, su cólera;


negros y adustos rostros, a los que no distraen


más que unos labios sonrientes,


me ocultaron de la amenaza de la muerte, muerte sobre postes


en los que imagino que están clavadas cabezas,


y me metieron en las tinieblas, en las que creo que tienen


un aprisco entre las estrellas ocultas;


¡Mal haya de unos caballos que me alejaron de la tierra


de la grandeza y de las obras generosas!





Tras el fúnebre comienzo, el poema se endulza con el nostálgico recuerdo de los días pasados en Silves:



¿Acaso Silves no ha llorado por el que sufre


y Sevilla no ha suspirado por un arrepentido?


La lluvia cubrió el manto de nuestra juventud


en un país donde los jóvenes rompían los amuletos de la infancia.


Al recordar el tiempo de mi juventud, es como si se encendiese


el fuego del amor en el pecho.


Aquellas noches en que no hacía caso de la sensatez del consejo


y seguía los errores de los alocados;


condené al insomnio a los párpados somnolientos


y recogí el tormento de las tiernas ramas.


¡Cuántas noches pasamos en el Azud, entre los meandros del río,


que se deslizaba con la sinuosidad de una serpiente!


Escogimos el jardín como vecino y nos visitaba con sus regalos


que traían las manos de las suaves brisas;


nos enviaba su aliento y se lo devolvíamos aún más perfumado,


y con más suave brisa;


la brisa, en su ir y venir, parecía una chismosa,


que llevase y trajese maledicencia;


el sol nos daba de beber.


¿Quién ha visto el sol en mitad de la negra noche, sino nosotros?


Pasábamos la noche sin que el delator apareciese,


como si estuviéramos escondidos en el pecho de un hombre discreto.


Aquello era vida y no lo que sufro hoy,


recorriendo las pobladas fronteras que parecen desiertos,


en compañía de gentes cuyo carácter no ha sido educado


por el contacto con el literato, ni con la familiaridad del sabio;




forajidos que vagan por el desierto y visten pieles de serpiente;


compartimos una mesa, donde las flores son las espadas


y las vainas son sus cálices




En realidad su estancia en Zaragoza no tenía tintes tan trágicos, la corte de Ibn Hūd había bellos efebos a los que podía dedicar sus gazales, género en el que alcanzó gran maestría, siempre con carácter homoerótico. A pesar de la belleza de la casida, no produjo el efecto buscado, tal vez por la alusión a la alegre vida que llevaba con el príncipe MuGrafíaammad en Silves y que también éste recordaría años más tarde en un poema dirigido precisamente a Ibn ‘Ammār:



¡Saluda a esos lugares míos en Silves, Abū Bakr,


y pregúntales si su añoranza es como la mía!


¡Saluda al Alcázar de las Barandas


de parte de un joven que siempre lo ansiara!


Morada de leones y de blancas doncellas.


¡Qué espesuras y qué gabinetes!


¡Cuantas noches pasé allí, en su grato refugio,


entre pingües nalgas y estrechas cinturas!


Mujeres blancas y morenas que atravesaban mi alma,


como las albas espadas y las oscuras lanzas.


¡Cuántas noches pasé allí, en el remanso del río,


en amoroso juego con la del brazalete curvo como meandro!


Se quitaba la túnica del tierno talle


y era como un capullo que se encendía en flor;


la noche pasaba escanciándome de su mirada,


o de su copa o de su boca;


tañía las cuerdas de su laúd, y era como si oyese


los tendones de los cuellos al ser cortados.





La diferencia entre el tono de la poesía de los dos amigos se encuentra seguramente en que Ibn ‘Ammar es un poeta profesional, obligado a hacer poesía, e Ibn ‘Abbād lo hace por puro placer.

La muerte de al-Mu‘taGrafíaid (1069) convierte en rey de Sevilla al príncipe MuGrafíaammad, ya con el nombre de al-Mu‘tamid, el cual hace volver inmediatamente a Ibn Ammār a la ciudad y ambos gobiernan, uno como rey, otro como ministro, mientras gozan de los más refinados placeres que les ofrece esta mítica Sevilla oncena y hacen poesía. Pero no son los únicos poetas de la corte, pues además de los sevillanos, llegan a la ciudad poetas no solamente por el mecenazgo real sino por el exquisito ambiente cultural.

En Sevilla aparece con gran fuerza la que podríamos llamar tercera generación poética de las taifas, poetas nacidos en la mitad del siglo en los más diversos lugares de al-Andalus y que representan la culminación poética de «las provincias», la culturización literaria de al-Andalus, fuera de la Bética. Uno de estos poetas es Ibn WaGrafíabūn de Murcia (1039-1090), que representa de nuevo el neoclasicismo más puro. Así lo muestra en la casida en la que describe el palacio de al-Mu‘tamid conocido como Al-Zāhī, conceptista e hiperbólica:




Su techo arroja olas del mar,


que son alcores y colinas;


quien tiene inteligencia se asusta,


pues le parece que el mar es de fluyente aire;


no faltan cometas que no corran,


ni sol que no ilumine, ni media luna;


el bello atrio tiene un techo de luz


cuyas formas parecen sortijas;


su decoración es como un bordado


en el que aparecen figuras imaginarias


y no te parece sino que el aire es un jardín


y que el techo es, de la misma forma, un espejismo;


compruebas que el fuego es una columna


y que su esencia es el agua;


te parece que su solidez fluye


y que su humedad arde;


cada figura está viva y, al mismo tiempo, inerte.


Se distingue belleza y coquetería;


tiene acción, pero no tiene movimiento,


se puede comprender, pero no dice palabra;


un maravilloso elefante vierte agua como una espada


y no se queja jamás de tedio;


es como si estuviese enfadado con los otros animales


y no levantase su testuz ante su vista;




magnánimo, ha legado al patio los arrayanes


que otrora plantaron los hombres





Ibn WaGrafíabūn fue uno de los pocos personajes de la corte que osó lamentar la muerte de Ibn ‘Ammār. Porque la amistad de al-Mu‘tamid e Ibn Ammār había terminado trágicamente. El poeta lusitano, convertido en gobernador de Murcia, se había ensoberbecido y atacado al rey de Valencia, el nieto de Almanzor, ‘Abd al-‘Azīz. Al-Mu‘tamid, desde Sevilla, había escrito una irónica casida contra Ibn ‘Ammār, riéndose de sus orígenes humildes con unos irónicos versos en los que elogiaba a los antepasados de forma solemne:




Los más poderosos señores y soberanos,


los coronados en tiempos antiguos...





Para continuar con una descripción de Grafíaannabūs de Ibn ‘Ammār, donde describe un imaginario palacio:




Grafíaannabūs les llora con lágrimas


que son como las rompientes olas;


y el alto alcázar cuyos balcones brillaban


entre el verdor de los árboles, llora;


no ríe con él el sol, sino que creerías


que vierte agua de oro en sus fachadas;


lloran las cantoras, cuyos laúdes responden


en los patios, al trinar de los pájaros.


¡Oh sol de aquel palacio! ¿Cómo se deshicieron de ti


los golpes del destino?


Aún no tenías naciones, cuando fuertes varones


cruzaban por tus altos muros;


¡Cuántos leones te guardaban


y defendían con lanzas y espadas!


¡Cuántas gentes de hermosa faz, en el combate,


cubrían sus blancos rostros con un ropaje de negra pez!


¡Cuántos valientes se sumergían en un torbellino


buscando enemigos en el ardor del fuego!




¡Cuando los Banū ‘Ammār crecían en gloria,


abreviaban las vidas de los enemigos!





Ibn ‘Ammār comprende la ironía de la casida y responde con una cruelísima sátira en que se burla a su vez de los Banū ‘Abbād, de su feudo originario en Yawmīn, lugar cerca de Tocina, en Sevilla, de los amados esposa e hijos de al-Mu‘tamid:




¡Saluda a la tribu que en Occidente ha hecho arrodillar


a los camellos y ha logrado la belleza!


Haz alto en Yawmīn, capital del mundo,


y duerme, ¡tal vez la veas como en un sueño!


Podrás pedir a sus habitantes ceniza,


pero no verás en ella el fuego encendido.


Elegiste, de entre las hijas de los viles


a Rumaykiyya, que no vale un adarme;


trajo al mundo sinvergüenzas de bajo origen


tanto por la vía paterna como la materna;


son cortos de estatura,


pero sus cuernos son largos.





Y acusa a al-Mu‘tamid de sodomía, haciendo, de nuevo, alusión a la época dorada de su juventud en Silves:




¿Recuerdas los días de nuestra juventud


cuando brillabas como luna creciente?


Te abrazaba la cintura tierna,


bebía de la boca agua clara.


Yo me contentaba con lo permitido,


pero tú querías aquello que no lo es.


Expondré aquello que ocultas:


¡Oh gloria de la caballería!


Defendiste las aldeas,


pero violaste a las personas.





El poema hizo mucho daño a al-Mu‘tamid, que decidió vengarse, aunque Ibn ‘Ammār estaba entonces lejos de su alcance. Pero tras una  serie de acontecimientos, la pérdida de Murcia por Ibn ‘Ammār, su regreso a Zaragoza, sus nuevas conspiraciones, al-Mu‘tamid logró apoderarse de su persona y encarcelarle en palacio. Estuvo a punto de perdonarle, pero en un ataque de ira, tan característico de su familia, le mató de un hachazo.

Eran tiempos difíciles. Alfonso VI, con quien se dice que Ibn ‘Ammār se jugó la suerte de Sevilla en una partida de ajedrez, había decidido conquistar Toledo, como antigua capital de Hispania, en su intento de crear, tal vez, un Sacro Imperio Hispánico. Y lo consiguió en el año 1085. Entonces al-Mu‘tamid llamó en auxilio de los reinos de taifas a los almorávides, los sub-saharianos, con todo el fundamentalismo islámico que les daba su condición de neófitos de esta religión. Los almorávides frustraron los planes de Alfonso VI, no consiguieron reconquistar Toledo y destronaron a la fuerza a los reyes de taifas.

La conquista almorávide de Sevilla fue durísima, como si se tratase de una ciudad cristiana. Al-Mu‘tamid y su familia fueron hechos prisioneros y llevados al norte de África. Su partida en barco en Sevilla motivó una de las más bellas elegías andalusíes, obra de uno de estos poetas de la tercera generación, Ibn al-Labbāna de Denia, poema extraordinariamente traducido en endecasílabos por Emilio García Gómez:




Jamás olvidaré la amanecida


junto al Guadalquivir, cuando las naves


estaban como muertos en sus fosas.


La gente se apretaba en las riberas


mirando aquellas perlas que flotaban


sobre los blancos lechos de espuma,


descuidadas las vírgenes, los velos


destapaban los rostros, que, cruelmente,


más que los mantos, el dolor rasgaba.


Cuando llegó el momento. ¡Qué tumulto


de adioses! ¡Qué clamor el que a porfía


las doncellas lanzaban y galanes!


Partieron con sollozos los bajeles,


como la caravana perezosa,


que arrea con su canto el camellero.


¡Ay, cuánto llanto se llevaba el agua!




¡Ay, cuántos corazones se iban rotos


en aquellas galeras insensibles!





Al-Mu‘tamid en su destierro de Agmāt, junto a Marraquesh, compone sus últimos poemas. No son exactamente elegías: son cantos desesperados del prisionero que lo tuvo todo y tal vez los más sinceros de la poesía hispanoárabe. Él mismo escribe sus propios trenos y epitafio. Así dice en su propio planto:




Extranjero y cautivo en tierra de africanos,


llorarán por él el estrado y el mimbar;


llorarán por él las espadas cortantes y las lanzas,


y derramarán lágrimas abundantes;


llorarán por él el rocío y el aroma, sus palacios,


al-Zāhi y al-Zāhir, que antes le buscaban y ahora le ignoran;


cuando se diga: en Agmāt ha muerto su generosidad


y no se puede esperar que vuelva hasta la Resurrección.


Pasó el tiempo, y con él, aquel reino amable,


llegó el hoy, que es huidizo.


Fue un dictamen del malvado destino, pero


¿ha sido alguna vez justo con los justos?


El tiempo fue injusto con los Banu Mā’l-Samā’,


los hijos de la lluvia del cielo, que fueron humillados.





Los poetas de la corte de Sevilla se desperdigaron. Para algunos era su segundo destierro, como para Ibn Hamdīs de Siracusa (1055-1132), que había perdido su patria a manos de los normandos y había encontrado una nueva en Sevilla. Se exiliará de nuevo a Bugía, a la corte de los hammadíes, donde describirá una fuente de los leones, tema recurrente en la poesía y el arte hispano-árabe:




Valientes leones habitan la guarida de los jefes


y susurran el agua como rugidos.


Es como si el oro cubriese sus cuerpos


y el cristal se deslizase por sus bocas,


leones cuyo descanso es inquietud,



como si algo se agitase en su interior.


Ya he mencionado su arrojo: están sentados


sobre sus cuerpos traseros para atacar.


El sol muestra su color como si fuese fuego


y como si sus lenguas diesen lametones de luz.


Es como si hubiesen desenvainado las espadas


de los arroyos que se derriten sin fuego.





También Ibn al-Labbāna ha de buscar una nueva patria de nuevo, después de haber encontrado refugio tras la pérdida de su patria originaria, Denia, conquistada por los hudíes de Zaragoza, una de las pocas taifas, con Toledo, donde la poesía fue episódica. Pero antes es el único poeta de la corte sevillana que acude a visitar a al-Mu‘tamid en su destierro de Agmāt y le recita poemas escritos aún en su honor. Ibn al-Labbāna, este personaje menudo y orgulloso, había encontrado en al-Mu‘tamid el señor al que servir con sus versos y tras su caída sabe que se encontrará en la situación del buen vasallo si hubiese buen señor. Tras la muerte de al-Mu‘tamid y su paso rápido por Bugía, se refugia en la taifa de Mallorca, que no ha sido aún conquistada por los almorávides. Su señor, el eunuco Mubaššar, tal vez no se asemeja a al Mu‘tamid, pero sí a los soberanos de su infancia deniense, también antiguos esclavos de raza europea. Allí compone los versos de su madurez, poblados de aves enamoradas como siempre y con una secreta vena de poesía tradicional, como el resto de su poesía.

Así, Mallorca tendrá los adornos de las aves:




Es un país al que la paloma ha prestado su collar


y al que el pavo real ha vestido con sus plumas.


Sus ríos son de vino, y los patios de sus casas, las copas.





Y cantará una fiesta de primavera que posiblemente sea una reminiscencia pagana, conservada aún en la Mallorca islámica, de las fiestas femeninas o mayas:




Si aún tuviese el vigor de mis años mozos,


no dejaría pasar la fiesta del Nayrūz, sin beber de amanecida.




Es un día suave y poético,


cuya blancura se extiende ya por los alcores y los valles;


es un día en el que juegan las muchachas


y se contonean como las ramas bajo el soplo de la brisa;


cuando se sientan, parecen colinas sobre tierra húmeda,


cuando caminan, parecen antílopes en el aprisco;


tienen cuellos esbeltos, y sus vestidos, con ceñidores,


arrastran largas colas;


son, a la vez, cultivadas y silvestres,


sus rostros son, a la vez, serios y alegres;


silenciosas, en su interior, hay una voz


que grita y habla por ellas;


cada una tiene un cumplido galán como servidor,


de rostro vergonzoso y corazón desvergonzado;


no tiene miedo a las heridas del combate,


pero las miradas hieren su rostro;


la espada es fuego, la loriga es agua,


entre los dos extremos, está el acuerdo.





También compone panegíricos, entre los que destaca uno en el que describe a la flota del soberano en la bahía de Mallorca. Naturalmente, las naves se asemejarán a aves:




Vuelan las hijas de la mar; sus plumas son


como las de las hijas del cuervo, pero son halcones.





Y tiene alguna imagen logradísima como:




... agitan los remos hacia ti, como pestañas


de un ojo que parpadea ante el espía indiscreto.





Ibn al-Labbāna muere en Mallorca alrededor del año 1114, cuando se disponía a partir en busca de un nuevo al-Mu‘tamid.

Pero el rey poeta era insustituible. Los poetas que quedaban en la ciudad decían odiarla en el odio a Sevilla literario. Así, Abū-l-‘Abbās   AGrafíamad ibn ‘Abd Allāh, apodado «el ciego de Tudela», famoso por sus moaxajas y criado en Sevilla (m. 1126), dice:



Me aburrí de Sevilla y ella se aburrió de mí.


Si ella me habló como yo la hablé,


nos injuriamos mutuamente, por igual.


Mi alma me movió a abandonarla y a vagar errante,


porque el agua es más pura en la nube que en el charco.

http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/literatura-hispanoarabe--0/html/ff53f93e-82b1-11df-acc7-002185ce6064_33.html



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