miércoles, 5 de agosto de 2015

POEMAS ESCRITOS EN LA ALHAMBRA....EL MUNDO NAZARI SEGUNDA PARTE



Al-Qunyi había sido invitado en más de una ocasión a visitar ésta  o aquélla corte en Oriente y Occidente, y en semejantes circunstancias siempre se apoderaba de él un oscuro sentimiento de prevención, cuidado y temor, y en su espíritu se instalaba un hondo deseo de retornar a su pequeño huerto de la Campiña de Damasco. Tras un corto silencio, Ibn Yaafar al-Qunyi satisfizo la petición de Abú l-Hayyáy Yúsuf con su acostumbrada humildad y reverencia, y con parquedad. Nada más terminar Ibn Yaafar su exposición, se adelantó el doble visir Ibn al-Yayyáb, que era diez años menor que al-Qunyi y había logrado congeniar sus ocupaciones políticas con sus viajes a Málaga en calidad de activo seguidor del santón Abú Abd Allah al-Sáhili, y pidió permiso al sultán para recitar la casida que él mismo había compuesto para ser grabada en el Salón del Trono e ilustrar así al asceta de Cónchar retornado sobre los nobles fines del Príncipe de los Creyentes. El sultán aplaudió la iniciativa de su poeta oficial y ministro, quien comenzó acto seguido a entonar:


Ella es la Suprema Cúpula y nosotras somos sus hijas,
aunque el favor y la gloria es a mí a quien pertenecen,
al ser yo, sin duda, el corazón y ellas los miembros,
y en el corazón es donde la fuerza del espíritu y el alma resplandece.
Si mis hermanas son constelaciones en su cielo [de la Cúpula]
en mí, y no en ellas, recae el honor de tener el sol.
Mi señor Yúsuf, por Dios sustentado, me vistió
con ropas de dignidad e indudable distinción,
convirtiéndome en trono del reino, cuya grandeza
se sustenta gracias a la Luz, el Asiento y el Trono [divinos].


Mientras escuchaba la voz algo estridente y ruda de Ibn al-Yayyáb, al-Qunyi elevó la vista hacia la alta cúpula y se sintió intensamente sobrecogido por la majestuosidad del lugar. Su mirada se detuvo ante un artesano que pintaba de color blanco unos grandes caracteres labrados en la base de madera de la cúpula y comenzó a leerlos, aunque enseguida balbuceó de memoria las santas aleyas allí transcritas:


"¡Bendito sea Aquél en cuya mano está el dominio! Es omnipotente. Es Quien ha creado la muerte y la vida para probaros, para ver quién de vosotros es el que mejor se porta. Es el Poderoso, el Indulgente. Es Quien ha creado los siete cielos superpuestos. No ves ninguna contradicción en la creación del Compasivo. ¡Mira otra vez! ¿Adviertes alguna falla? Luego, mira otras dos veces: tu mirada volverá a ti cansada, agotada. Hemos engalanado el cielo más bajo con luminares, de los que hemos hecho proyectiles contra los demonios y hemos preparado para ellos el castigo del fuego de la gehena".


 En ese momento se le reprodujeron a Ibn Yaafar ante sus ojos los luminosos y maravillosos trazados geométricos de su amigo Ridwán, mezclándose en su imaginación con la elevadísima cúpula de madera, que aguardaba aún la esmerada y ardua tarea de pintura

Entonces, sonrió Ibn Yaafar para sí comprendiendo a la perfección hasta qué punto se habían materializado los sueños artísticos de su amigo Ridwán, transformado ahora en comentarista geómetra del Libro Sagrado poseído por la fiebre del arte. Ibn Yaafar dirigió la mirada, con un mínimo movimiento de cabeza, hacia la parte superior del Salón y se encontró frente a frente con el emblema de los Banú Nasr “Wa-lá gáliba illa Allah” (No hay vencedor sino Dios), caligrafiado con monumentales letreros de yeso. No veía esta inscripción desde su más remota juventud, pero jamás logró borrar los dolorosos recuerdos que guardaba a ella vinculados. Después, bajó ligeramente la vista y sus ojos se toparon con otras leyendas regias, de espléndida apariencia pero de exagerada pretensión para el alma de nuestro puntilloso faquir: “El socorro, el soporte divino y una clara victoria, son de nuestro señor Abú l-Hayyáy, Príncipe de los Musulmanes”, “Gloria a nuestro señor el sultán, el rey combatiente Abú l-Hayyáy, glorificado sea su triunfo”, e inclinó completamente su cuerpo hacia el suelo, sin mirar al rostro del sultán, aposentado frente a él sobre su trono. Segundos después, Abú l-Hayyáy Yúsuf se percató de las ostensibles muestras de fatiga de su anciano huésped y ordenó a su mayordomo hacerle obsequio de una copia del tratado en verso sobre agricultura

– Nos beneficiaremos, asimismo, de los carismas derivados de tu noble ascesis y de tu sabio verbo, -añadió el rey mientras su mayordomo ayudaba a Ibn Yaafar a ponerse en pie y abandonar el Salón del Trono.

A la caída del sol de aquella preciosa tarde granadina, Ibn Yaafar decidió proseguir su camino hacia la alquería de Cónchar de Iqlím Garnata y envió una misiva de excusa al sultán Abú l-Hayyáy. Al-Qunyi temía que el cansancio, la edad, la enfermedad y la ferocidad de la epidemia le impidieran cumplir con el nebuloso propósito de su retorno: contemplar el huerto de su juventud y purificar su alma antes de exhalar su último suspiro.

El geómetra Ridwán y el maestro Abú l-Barakát al-Balafiqui, de quien al-Qunyi había tomado lecciones durante su corta estancia en Almería antes de partir para el exilio, se unieron a la comitiva de Ibn Yaafar hacia el Valle de Lecrín. Al-Qunyi acunaba en su interior un amor especial para ambos amigos, cuya compañía alegró su penoso traslado a aquella antigua casa de piedra, rodeada de limoneros y naranjos junto al río, que abandonase desde hacía una eternidad. Al llegar la comitiva a Cónchar al amanecer, las gentes del lugar recibieron calurosamente al peregrino y sus amigos, y los acompañaron a la huerta de Ibn Yaafar. El descanso, los árboles del jardín todavía vivos en su memoria, la sonora cadencia del agua del río, el sol, la pureza azul de aquel cielo, devolvieron al asceta del Valle de Lecrín parte de su energía natural perdida y se entregó a una desenfadada y apasionada conversación con sus amigos durante el paseo que emprendieron por los campos de los alrededores. Al-Qunyi observó que la aldea se había expandido un poco hacia un empinado y rocoso barranco volcado sobre el río, y que la atalaya de Cónchar y el fuerte de Dúrcal habían sido reconstruidos

 Tomaron asiento a la sombra de la modesta atalaya frente a las más maravillosas vistas del Valle, que aparecía bajo ellos adornado de sembrados, colinas verdes y diminutas aldeas blancas recostadas a los pies de la sierra, cuyas cumbres ascendían hacia el cielo envueltas en su permanente y brillante manto de nieve. Tras la contemplación, y recuperado el aliento, Ibn Yaafar reanudó su encendida polémica con Ridwán:


– ... los auténticos seguidores de la senda espiritual hacen de la escritura una experiencia vital... Para ellos, la música (samá`) es una vía unitiva y, cuando practican la poesía, lo hacen para recrear el lenguaje y hallar nuevos caminos de expresión del ser y su extinción en lo absoluto, – dijo el asceta.
– ¿Acaso no sucede lo mismo con las artes de la geometría, la pintura o la caligrafía? ¿Es que nosotros no hacemos también más bello el mundo? –preguntó el geómetra.
– ¡Por supuesto! El lenguaje de las formas visuales es un espejo capaz de reflejar todas las ideas. Tú lo sabes mejor que yo. Pero lo que no complace a mi corazón es el virtuosismo en artes creadas para ensalzar a los reyes del mundo.
– El artesano –objetó Ridwán– trabaja en beneficio de la fe. La fuerza de nuestro señor el Príncipe de los Creyentes, es la fuerza del Islam. En este preciso momento son muchos los enemigos que acechan, y tú los sabes mejor que yo.
– Todos los momentos son fugaces, efímeros –advirtió al-Qunyi–. Por desgracia no existe en nuestro tiempo ni un solo monarca que merezca considerarse Príncipe de los Creyentes.
– Nuestro señor Abú l-Hayyáy Yúsuf es piadoso, es incluso un sabio iniciado (`árif ), –repuso Ridwán–.
– Puede que sea más piadoso y más sabio que sus antepasados, pero es mortal y es en este mundo donde gobierna, por lo que se ve abocado al error, a la injusticia. ¿Acaso no hay criaturas que sufren en las cárceles de su palacio?
– La propia Ley Revelada establece el castigo –respondió Ridwán–. Mi señor es justo y el Islam entero se enorgullece de sus edificaciones.
– Por muy maravillosas y bellas que sean sus edificaciones –insistió al-Qunyi– el sultán se empeña en estampar su nombre y el de su familia por todas partes: arriba, abajo, a derecha, a izquierda, al norte, al sur. Es tedioso, molesto, atenta contra la pureza de espíritu, entorpece la contemplación. Quien libera el sentimiento, su poesía, en su largo camino hacia la luz, purifica su ser, lo pule, y es posible que se eleve hasta el saber. Mas quien graba poemas en las paredes de los reyes no busca más que la fama en este mundo, sea para él, para su señor, o para ambos a la vez.
– Tú nunca te atreviste a consagrar la vida a la poesía, la música, la pintura... –observó el geómetra–.
– Es cierto –dijo el faquir–. Cada uno tenemos nuestra debilidad. No me siento capaz de afrontar ese reto... Pero eso sí, siempre evité ofrecer mis pensamientos y mi palabra al servicio de quien ejerce la tiranía o embauca a los débiles.
– Nuestro señor el sultán no quiere ni pretende la mentira –concluyó Ridwán–. Sólo desea enaltecer al Islam y guiar a los creyentes.

La noche se cernió sobre el Valle de Lecrín. Al-Qunyi y sus dos compañeros volvieron a casa, en silencio, bajo un sobrecogedor festival de estrellas destellando en la cúpula celeste.

 Ya en su antigua cama, nuestro asceta se vio invadido de nuevo por un intenso agotamiento hasta hundirse en un estado de inconsciencia del que no se despertó al día siguiente. El faquir retornado se transformó en pura Imaginación. En un aluvión de visiones más allá del tiempo y del espacio. El asesinato de nuestro señor Abú l-Hayyáy Yúsuf durante la oración a manos de un supuesto demente. Intensivos trabajos de construcción en la Sabika en los que participaba el propio sucesor de Abú l-Hayyáy, el sultán Muhammad al-Ganí bi-llah. Erección del Nuevo Mexuar, del Jardín Feliz, de los Alixares, de cúpulas, de torres, de murallas.

 Derrumbamiento de los Alixares, de cúpulas, de torres, de murallas. El fantasma de las multitudes por los palacios. Ascensión de la estrella del doble ministro Ibn Zumrak, alumno y, más tarde, perseguidor de Ibn al-Jatíb. Edicto de al-Ganí bi-llah contra los sufíes para erradicarlos de al-Andalus. Juicio en rebeldía contra el doble ministro Lisán al-Din Ibn al-Jatíb bajo la acusación de defender la idea de la unión hipostática en su Jardín del conocimiento del amor supremo. Asimilación por parte de la Imaginación de al-Qunyi, en su barzaj (limbo), del contenido de esta obra en un abrir y cerrar de ojos.

Desconcierto de Ibn Yaafar ante la visión del doble ministro Lisán al-Din enredado en todas las tareas políticas, diplomáticas y bélicas del reino, en todos los asuntos graves o nimios del estado, y al mismo tiempo componer un extenso tratado de `irfán. Tratado que aturde a al-Qunyi por su abrumadora erudición y su carencia de calado existencial. Presencia del gran sabio Ibn Jaldún junto a su amigo Ibn al-Jatíb en la Alhambra durante la redacción del Jardín del conocimiento.

Retorno de su habitual y luminosa sonrisa al rostro de nuestro faquir granadino y damasceno al vislumbrar el espectro de Lisán al-Din corriendo en pos del dinero y empeñado en construirse sus propios palacios. Sonrisa mezcla de ironía y compasión de quien se ve a sí mismo en el barzaj por encima de todo lo mediano y parcial. Estallido del más alto grado de estupefacción en el corazón de al-Qunyi frente a los ciegos y salvajes rincones del alma humana al contemplar al doble visir de Loja transformado en el doblemente asesinado tras su ajusticiamiento, primero, en su exilio magrebí y la exhumación de su cadáver, después, por parte de una embajada del sultán al-Ganí billah para aplicarle la sentencia de muerte. Ante semejante escena, la repugnancia vence a la Imaginación de nuestro asceta de Cónchar y se traslada, feliz, al jardín del mundo superior.

Por la tarde, Ridwán el geómetra, regresó a Granada para cumplir con sus deberes decorativos, mientras que Abú l-Barakát al-Balafiqi retrasó unos días más su vuelta a la corte, adonde llegó con los libros de al-Qunyi y con los papeles que nunca le abandonaron desde que comenzó a escribir en ellos en su huerta de Damasco. Abú l-Baraqát entregó a Lisán al-Dín Ibn al-Jatíb un puñado de pliegos y los siete versos que él mismo compuso en honor a su amigo Ibn Yaafar durante su primer encuentro en el puerto de Almería en vísperas de partir:

1 A ti con corazón que no gobierno me lamento,
corazón que sigue un caprichoso sendero
2 y de continuo varía su deseo:
esto lo inquieta, esto lo toma, y luego deja aquello.
3 Lo que ahora lo tranquiliza, lo amedrenta luego,
lo que a veces le da confianza, la duda le siembra en otro momento.
4 Ora en soledad se encuentra por aquello, ora en compañía se siente con esto,
unas veces no sé qué lo serena, otras, se desasosiega por eso.
5 ¡Quien los Siete Cielos superpuestos sostiene
que de la mano, oh revelador de las luces, te tome!
6 Enfermedad a causa del mundo y sus oropeles padece,
mas todo lo bueno que sobre él diga le pertenece.
7 Aquel a quien el hermoso recato corresponde,
y que durante tanto tiempo protegió, ojalá que nunca se desmorone.

(Ibn la-Jatíb, al-Ihata, III, p. 236).

Después, el doblemente asesinado, Ibn al-Jatíb, revisó los folios de al-Qunyi, de los que tomó algunas notas para componer su Jardín, y le rindió homenaje mencionando sus hechos más notables y recordando el título del compendio que un día reuniese las ideas emanadas de su mano y de su corazón: Luces de alocuciones y misterios

Poema de Ibn Zamrak en la Alhambra de Granada 1

  

        






El Collar de la Paloma




Ángel y paloma



Por ti tengo celos hasta de que te alcance mi mirada,

y temo que hasta el tacto de mi mano te disuelva.

Por guardarme de esto, evito encontrarme y 

me propongo unirme contigo mientras duermo.

Así, mi espíritu, si sueño, está contigo, 

separado de los miembros corporales, 

escondido y oculto, pues para unirse contigo, 

la unión de las almas es mejor mil veces 

que la unión de los cuerpos.



Quisiera rajar mi corazón con un cuchillo,

meterme dentro de él y

luego volver a cerrar mi pecho,

para que estuvieras en él y 

no habitaras en otro,

hasta el día de la resurrección y del juicio;

para que moraras en él durante mi vida y, a mi muerte, 

ocuparas las entretelas de mi corazón en la tiniebla del sepulcro.



Me concediste un amor que antes me negabas,

y me lo diste a manos llenas.

Pero en ese instante ya no tenía necesidad de él,

cuando, de dármelo antes, 

hubiera llegado a las entretelas del corazón.

De nada sirve la medicina 

cuando se está a la muerte,

y, en cambio, es útil 

quien da un remedio antes de la agonía.



Si mira, el que está vivo muere por su mirada.

si habla, dirías que se ablandan las piedras.

Es el amor como un huésped 

que hizo alto en mi espíritu:

mi carne es su alimento; 

mi sangre, su bebida.


Abul Hassán Alí Ibn Hisn
 http://www.culturandalucia.com/Literatura%20nazar%C3%AD.htm#Tercer_poema_en_la_Torre_de_la_Cautiva_

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