martes, 8 de diciembre de 2015

JEAN SIBELIUS...SINFONIA Nº 7 EN C MAYOR OPUS 105 Y VALSE TRISTE OPUS 44 Nº 1



La Séptima de Sibelius es una composición absolutamente sinfónica en un solo movimiento continuo que no se subdivide en secciones independientes. Es una obra majestuosa, concentrada, muy integrada. Hay elementos de la forma sonata y de la forma rondó, pero tratar de que la Séptima encaje en estos modelos tradicionales constituye un ejercicio mental inútil.

 Esta Sinfonia fue planificada en 1918. Sibelius se puso a trabajar seriamente en ella durante un viaje a Italia, en marzo de 1923; la pieza quedó terminada el 2 de marzo de 1924. El compositor dirigió el estreno en Estocolmo, el 24 de marzo de 1924. 

En general Sibelius no era considerado un innovador. Jamás se permitió los colores orquestales tan extravagantemente originales de Richard Strauss; nunca experimentó con nuevas armonías en la medida que lo hizo Claude Debussy; jamás estuvo interesado en las disonancias cargadas de emotividad de Arnold Schoenberg ni en los collages masivos de Charles Ivés (a los que sobrevivió); nunca se sintió atraído por los nuevos ritmos excitantes de Igor Stravinsky. Sin embargo, en su propio estilo tranquilo, Sibelius era un compositor original. Sus innovaciones eran más sutiles que las de sus contemporáneos. Sibelius experimentó con la forma: utilizando los sonidos tradicionales, encontró nuevas formas de integrar composiciones a gran escala. Su interés en este nuevo medio de continuidad y desarrollo se manifiesta ya en la Segunda Sinfonía; alcanza su cúspide en la Séptima Sinfonía de un solo movimiento.

Sibelius no fue el único compositor que remoldeó una forma que tradicionalmente incluía movimientos múltiples, como una sola pieza continua. Varios compositores anteriores habían escrito sinfonías en las que los movimientos individuales no están separados por pausas (en la Cuarta Sinfonía de Schumann, por ejemplo, el comienzo de un movimiento sigue inmediatamente el final del anterior). Eliminar una pausa es un asunto sencillo; sustituirla con una transición (como lo hizo Beethoven en su Quinta Sinfonía) constituye un procedimiento más sofisticado. Algunos compositores fueron más allá de las transiciones entre movimientos y fundieron dos movimientos en uno (en la Sinfonía en Re menor de Franck, el movimiento lento incluye un scherzo como interludio). Otros compositores intentaron moldear una forma de tres o cuatro movimientos de manera continua: en la Fantasía El Viajero, de Schubert, oímos el movimiento de apertura, un adagio, un scherzo y un final en fuga comprimidos en una sola pieza; se encuentra un procedimiento similar en el Segundo Concierto para Piano de Liszt y en el Primer Cuarteto para Cuerdas y la Primera Sinfonía de Cámara de Schoenberg.



Estas piezas tempranas, aunque interesantes y originales, no son tan osadas como la Séptima de Sibelius, que es una composición absolutamente sinfónica en un solo movimiento continuo que no se subdivide fácilmente en secciones independientes. Es una obra majestuosa, concentrada, muy integrada. Hay elementos de la forma sonata y de la forma rondó, pero tratar de que la Séptima encaje en estos modelos tradicionales constituye un ejercicio mental inútil. Varios analistas lo han intentado y resulta significativo que todos terminaron con formas diferentes de subdividir la sinfonía.

Al principio el compositor era reacio a dar a su obra el nombre de sinfonía, ya que su estructura está muy alejada de la de una sinfonía clásica típica. En su estreno fue anunciada como Fantasía Sinfónica. Después se dio cuenta Sibelius de que, por su alcance, se la podía incluir dentro de su canon sinfónico. No debemos sentirnos perplejos por la ausencia de características comunes entre una sinfonía clásica y la Séptima de Sibelius. Lo que cuenta es la música, mucho más que el nombre que haya elegido darle su autor. La palabra "sinfonía" originariamente se refería a una forma, pero en 1924 indicaba más bien un género. Sugería un grado de seriedad, una estatura, una grandiosidad, pero ya no un molde estructural.

Alguna vez Sibelius habló sobre la naturaleza de una sinfonía, con otro compositor que redefinió la forma sinfónica -Gustav Mahler-. Tiempo más tarde Sibelius recordaba que "el contacto entre nosotros quedó establecido durante algunas caminatas en las que analizamos exhaustivamente, desde todos los ángulos, todas las grandes cuestiones de la música. Cuando hicimos referencia a la naturaleza de la sinfonía, yo dije que admiraba su estilo y la severidad de su forma y la profunda lógica que creaba una conexión interna entre todos los motivos. Esta había sido mi experiencia en el curso de mi trabajo creativo. La opinión de Mahler era exactamente la opuesta: '¡No! la sinfonía debe ser como el mundo. Debe abarcarlo todo'." La severidad, las restricciones, la lógica estructural fuertemente controlada de la Séptima Sinfonía de Sibelius (cualidades que son necesarias en una forma de un solo movimiento) son el opuesto estético del panorama extendido y visionario de la Tercera Sinfonía de Mahler, por ejemplo. Y estas dos sinfonías están igualmente alejadas de las formas clásicas de Mozart y Haydn.




Sibelius tenía razón al hablar de una lógica interior de conexión motívica. La Séptima Sinfonía contiene varios motivos independientes, como la escala ascendente que abre la obra, que impregna la música. Estos motivos están sometidos a variación y desarrollo, pero rara vez se expanden hasta llegar a ser melodías completas. La única melodía directa es el poderoso solo de trombón que se oye en tres lugares diferentes. Cada vez está tratado de una manera magníficamente contrapuntística que conduce a una maravillosa intensificación climática. Obsérvese que en su primera aparición, pocos minutos después de iniciada la sinfonía, el sonido del trombón atraviesa toda la orquesta. Y obsérvese la música maravillosamente expansiva que está tocando la orquesta: después de algunas vacilaciones tonales, por fin la música ha llegado a su tonalidad madre de Do mayor con una maravillosa sensación de estabilidad. La creciente complejidad del contrapunto en las apariciones subsiguientes del tema del trombón nos recuerda la música del compositor del siglo XVII, Giovanni Palestrina, a quien Sibelius admiraba enormemente y había estudiado con atención.



El Valse Triste (opus 44 nº1) es sin duda una de las obras más populares del autor finés prácticamente desde el momento de su publicación, con multitud de grabaciones y arreglos de todo tipo. En 1904 Sibelius escribió una serie de números para una música de teatro, "Kuolema" ("La muerte"), un drama simbolista de su cuñado Arvid Järnefelt. Tanto drama como música tuvieron cierto éxito, y el músico decidió arreglar al año siguiente uno de sus números para orquesta de cámara, que venderá al editor por 300 marcos, una cifra ridícula. El compositor no dio mucha importancia a la pieza en principio, jamás se imaginó el éxito que tendría. Éxito del que, como es de imaginar por el contrato, apenas se benefició económicamente.





En la obra, la moribunda madre de Paavali duerme. Y sueña. Una brumosa y lenta melodía de los violoncellos intenta definirse. La madre está en una sala llena de invitados que bailan felizmente. Un nuevo tema más optimista se impone en la cuerda, a la que se suman instrumentos de viento en lo que es ya una melodía grácil y llena de vida. Ella baila hasta que cae exhausta. La danza se para, y los invitados abandonan la sala. Retorna el tema doliente del comienzo. Pero recobra nuevas fuerzas, y las parejas vuelve a un baile cada vez más frenético. Surge el tema optimista, pero pronto todo parece afectado de un creciente e inexorable dolor. Alguien llama en la puerta, y la madre ve a quien cree que es su difunto marido. Pero no es él realmente, sino la propia Muerte, que la reclama para llevársela a su reino. Cuatro violines, en pianísimo concluyen de manera desesperanzada la pieza.

Si buscan ustedes una buena versión quédense con dos directores: primero, el finés Osmo Vänskä, sin duda el mejor especialista en la obra de Sibelius, que le da la melancolía nórdica y el refinamiento que requiere la pieza. Segundo, Herbert von Karajan, que aparte de sus discutibles amaneramientos fue un gran director para Sibelius, y hace de este vals en sus numerosas grabaciones un pieza de extraordinario lirismo y oscuro apasionamiento, como evocando el romanticismo de un mundo que ya no existe.




http://www.hagaselamusica.com/clasica-y-opera/obras-maestras/sinfonia-numero-7-de-jean-sibelius/
http://sibeliusencastellano.blogspot.com.es/2008/12/entradas-para-un-concierto-el-valse.html

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada