miércoles, 2 de diciembre de 2015

ZARZUELA.........MARUXA Y AMADEO VIVES


Amadeo Vives nació en Collbató (Barcelona) el 18 de noviembre de 1871 y murió en Madrid el 2 de diciembre de 1932. De niño estuvo internado en el Asilo de San Juan de Dios de Barcelona que le generó pésimos recuerdos pero que le dio la posibilidad de su primer contacto serio con la música en 1886: la Dirección de la Banda del Asilo de la misma orden en Málaga (donde un hermano suyo era sacerdote). Luego vuelve a Barcelona, pasando por una etapa en Toledo y componiendo en 1886 una sinfonía. En 1891 funda con Luis Millet el Orfeo Catalá y estrena diversas composiciones, destacando en 1894 L'Emigrant, en esos tiempos tuvo determinada relación personal y musical con el catalanismo. En 1897 marcha a Madrid compaginando su actividad principal de compositor de zarzuelas (salvo su ópera Arthus de 1897 y las Canciones Epigramáticas de 1915), con la de empresario de los Teatros de la Zarzuela, Cómico y Eslava, aventuras que algunas veces le depararon desastres económicos que no le conturbaron el ánimo. 



Sinopsis 

Un prado de Galicia. Maruxa, joven y bella pastora, está peinando a su oveja Linda. Se oye una gaita lejana que hace saltar de alegría a Maruxa. Es Pablo, el pastor, quien se acerca en busca de su amada Maruxa. Juntos cantan a los prados y se confiesan su amor, cantan y bailan con tal entusiasmo que, sin querer tropiezan y caen al suelo. A las preguntas de Pablo, responde Maruxa que no se ha hecho daño, pero siente una angustia, un afán inexplicable. Pablo le confiesa que él también siente un deseo que sólo se calma cuando está al lado de ella. Ambos acaban comprendiendo la causa: Amor. Rufo, el capataz, ha sorprendido el idilio de los pastores, que escapan corriendo al verle. Los tutores han encargado a Rufo que cuide y proteja los amores de los primos Rosa y Antonio, pero Rufo piensa para sí que a sus años es un papel impertinente. Malhumorado y con el propósito de que los primitos no se salgan con la suya, el capataz decide marcharse, pero cambia de opinión cuando ve llegar a la señorita Rosa y a su primo Antonio, enzarzados en violenta disputa. Antonio acusa a su prima de un desdén que le obligará a buscar el amor de otra mujer. El capataz interrumpe la discusión alegando que acaba de llegar. Rosa no cree la mentira, pero celebra la llegada de Rufo porque le libra de los acosos de su primo, al que no ama porque piensa constantemente en Pablo, el pastor. Antonio, por su parte, se siente contrariado, pero dispuesto a dar celos a Rosa, se pregunta donde estará la pastora. Se aleja Antonio con el propósito de conquistar a Maruxa. Rosa y Rufo han quedado solos, ocasión que ella aprovecha para ordenar al capataz que busque a Pablo, al que desea ver enseguida porque le ama. Rufo le recuerda que su novio es Antonio y que, de seguir pensando en el pastor, habrá un escándalo terrible. En consecuencia, no está dispuesto a obedecerle. Rosa dice que ella es el ama, circunstancia que debe admitir Rufo, aunque sigue negándose a proteger la locura del amor de Rosa por el pastor. Pablo viene cantando, pero interrumpe su canción al ver a la señorita Rosa. Esta le invita a sentarse a su lado, y como en un sueño, le dice que su nombre será Maruxa. Pablo entra en el equivoco transportado por la imagen de su Maruxa, y entre ambos se desarrolla una escena pasional en la que los deseos de ella van hacia Pablo y los de él a la imaginada Maruxa. En el momento que Rosa, arrebatada, besa al pastor, aparece Rufo. Pablo, avergonzado, escapa, mientras Rosa maldice al capataz. Maruxa ha perdido a su ovejita Linda y anda buscándola. Para tal menester se ofrecen Rosa y Antonio, pero la pastora no logra mitigar su pena porque la oveja era un regalo de Pablo. Para consolarla y con propósitos más ocultos, la señora dice a Maruxa que desde ahora la toma a su servicio, pero la pastora ve así aumentar su pena porque piensa que la alejan de su Pauliño. Los señoritos han partido con Maruxa, y cuando llega Pablo, Rufo le dice que se la han llevado porque la señora necesita una doncella. 



El segundo acto se desarrolla en la entrada de la casa de Rosa, en la montaña. Rufo ha dado a Maruxa en presencia de Antonio y de Rosa, una carta de Pablo. Tiembla de emoción la pastora, pero no sabe leer. Antonio propone que la lea su prima, pero Rosa dice que la lea Rufo, quien astutamente dice que él no es leído. Por fin, Antonio la lee en voz alta. Pablo se lamenta de la ausencia de su amada Maruxa. Maruxa quiere contestar la carta, pero como no sabe escribir, Antonio decide que lo haga Rosa. La llevará inmediatamente Rufo, quien protesta. La pastora se pregunta qué puede escribir a Pablo, y Antonio la sugiere que le diga que vaya a verla aquella misma noche, Rosa, seducida por la feliz idea, se dispone a escribir la carta. Se marcha Antonio. La señorita empieza a escribir la carta pero lo hace en términos tan apasionados que sorprenden a Maruxa. Con todo, Rosa prosigue su carta, en la que recuerda su encuentro y ruega que vaya Pablo a verla para devolverle el beso que ella de dio. Maruxa no entiende exactamente lo que significa aquella carta, y conmina a la señora para que no prosiga. Esta se da cuenta que llevada de sus deseos hacia el pastor, se ha traicionado. Quiere romper la carta, pero Maruxa prefiere a pesar de todo, que Pablo la reciba para que sepa que ella le espera aquella noche. Se firma la carta con el nombre de Maruxa y Rosa la entrega a Rufo para que la lleve a su destino. Regresa Antonio y le pide a Rufo que le entregue la carta. Cambia la hora de la cita, con el propósito de que cuando llegue Pablo, él se haya podido llevar a Maruxa. Llegan Rufo y Pablo, quien ya recibió la carta. El pastor está impaciente por ver a Maruxa, pero Rufo le calma diciéndole que no se preocupe pues podrá marcharse con su pastora. Es de noche. Mientras Pablo espera que llegue el momento, canta sentado en una piedra: "Aquí n'este sitio". Rufo está decidido a que los primos no se salgan con la suya y, por otra parte, favorecer los amores de los pastores. Avisa a Maruxa y la conduce sigilosamente donde está Pablo esperándola. Con ello, el capataz intenta burlar a los señoritos. Los pastores se abrazan amorosamente y Pablo le devuelve la oveja Linda que es acariciada con emoción por Maruxa. El zagal pide a la muchacha que se vaya con él a los prados, a lo que ella accede ilusionada. Entretanto, Antonio se ha disfrazado de pastor y acude a la hora de la cita, haciendo sonar una esquila, con el propósito de que Maruxa crea el engaño y piense que es Pablo. Pero es Rosa, vestida de pastora, la que acude al reclamo pensando que es su pastor. En la oscuridad de la noche no se reconocen y los dos primos se abrazan apasionadamente, creyendo cada uno por su parte que está con su pastora o con su pastor. Del error les sacan las voces alegres de Maruxa y Pablo que cantando sus amores se alejan dispuestos a disfrutar de su felicidad. 




Como comentario de la partitura que Vives compuso para este argumento, utilizo, casi literalmente, las palabras, algo churriguerescas pero sentidas y acertadas, de Arturo Menéndez, que dice: "El delirante entusiasmo que desencadenó el estreno de MARUXA sólo es comparable al que cuarenta y tres años antes despertara en el Teatro Real el estreno de MARINA. Pero los españoles que vitoreaban a Vives eran musicalmente muy diferentes de los que aclamaron a Arrieta y que se hallaban todavía embotellados muy a gusto, sin aspirar a más, en la redondita pecera del "bel canto" italiano que imponía servidumbre a una vergonzante música española de salón; los que aplaudieron MARUXA ya sabían nadar en el mar libre de la música europea y poseían, cuando menos, nociones de gran música sinfónica, polifónica y operística. Además, con Albéniz, Falla y Granados, había nacido la aspiración de llegar a tener una música española propiamente dicha. Por otra parte Vives había de luchar con un tópico absurdo que todavía perdura (escribe en 1971), el error de creer que solamente la música andaluza puede titularse española, abarcando, a más admitir, a los aires madrileños. Y sin embargo MARUXA, con un ambiente gallego y su música que, aparte una muñeira, no contiene aires ni ritmos folklóricos de ninguna región de España, sonó y resonó españolísima en todos los oídos y en todos los corazones. (Y digo yo: música española, ambiente gallego y compositor catalán que nos aproximan al conllevarse orteguiano y que "rima" con la cita que hice del wagneriano Ricardo Viñas al principio de esta reseña). MARUXA nos llegó como un Dos de Mayo musical, lanzando el grito de una independencia en la ópera. He aquí una música que es pura melodía pero sin la morbidez italiana, ni la picardía francesa, ni la gravidez germánica, ni la sensualidad rusa. Una música "de nadie" que resulta tremendamente nuestra; que se nos enrosca en el alma como una bandera al mástil, en el remolino de una batalla. He aquí un vórtice de melodías nuevas a cual más sencilla, lírica y bella, espontánea, emotiva y original, que nos engulle, pero no para sumirnos en el fondo de un mar de conjeturas eruditas y pedantes, sino para proyectarnos, como el agua hirviente de un geiser, hacia lo alto de un estremecimiento de doble deleite: el de filarmónicos y el de españoles. Porque en MARUXA, el filarmónico goza el placer de escuchar un mensaje que, por su seria calidad artística, admira al técnico y, por su risueña expresión lírica, subyuga al profano, y el español, no importa de qué región sea, se da cuenta de que esa música es "suya", sin ser andaluza, catalana, vasca ni aragonesa. Vives realizó ese milagro y esa maravilla y en su MARUXA derrochó una fluidez, una elegancia, una espiritualidad, un resplandor poético y un aroma silvestre -por paradoja refinadamente aristocrático- sin precedentes en la lírica española. 




Concebida con criterio moderno, MARUXA no se divide en escenas separadas por recitativos; la acción es continua y los diferentes temas se enlazan metamorforseándose, sin solución de continuidad, con admirable habilidad constructiva. Sin valerse abiertamente del "leitmotiv" como elemento estructurador de la ópera, Vives utiliza tres temas principales que reaparecen siempre que es necesario aludir a la idea o acción que representan: el del idílico amor recíproco de los dos pastores, Maruxa y Pablo, cuya exposición completa tiene lugar en el dúo "Si es amor el mirarme en tus ojos" y que es un modelo magistral del arte del desarrollo; el del caprichoso enamoramiento que Rosa siente por Pablo, expuesto en el dúo de ambos "Alma mía, tu eres mi ventura"; y el que simboliza la socarronería y la hombría de bien del capataz Rufo en el popular Golondrón. Hay que subrayar, como excepcionalmente inspirados, el delicioso "diálogo" de Maruxa con su ovejita "Ovejita tan blanca como mis sueños"; el vehemente relato de Rosa "Le ví, me vió"; la patética confesión de Pablo "Lo que soñé, no lo sabría explicar"; el voluptuoso requerimiento de Rosa a Pablo "Mírame… óyeme…. háblame…. bésame"; la angustiada súplica de Maruxa "Ay, por Dios, señorita, perdí mi ovejita"; el patético final del primer acto "Con la aurora sale mi zagala….¿Se marchó? ¡Sin saber nada yo!"; el popular Preludio del segundo acto con su virtuosismo de los contrabajos y su solo de gaita; la redacción de la carta de Pablo "¡Pablo mío!" en que Rosa se traiciona ante Maruxa y en la que aparecen mezclados los temas de los dúos de ambas con el pastor; la pintoresca y espectacular muñeira "Anqu'a tua porta"; la tormenta "Todas las chuvias d'abril" página descriptiva de calidad sinfónica; el nocturno de Pablo "Aquí n'este sitio sitio" y el quinteto final "¡Ah! Deseo del alma perdida" en que los pastores huyen triunfantes entonando su dúo de amor "Que es amor lo que siento en el alma", mientras Rosa y Antonio quedan confundidos y chasqueados y el bueno de Rufo "Alabado sea Dios" da gracias al cielo por el éxito de su treta.". 
http://lazarzuela.webcindario.com/RES/r_maruxa.htm




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