domingo, 24 de enero de 2016

JOSE HIERRO...A ORILLAS DEL EAST RIVER


En esta encrucijada, 

flagelada por vientos de dos ríos 
que despeinan la calle y la avenida, 
pisoteada su negrura por gaviotas de luz, 
descienden las palabras a mi mano, 
picotean los granos de rocío, 
buscan entre mis dedos las migajas de lágrimas.

Siempre aspiré a que mis palabras, 

las que llevo al papel, 
continuasen llorando 
—de pena, de felicidad, de desesperanza, 
al fin, todo es lo mismo—, 
porque yo las había llorado antes; 
antes de que desembocasen en el papel blanquísimo, 
en el papel deshabitado, que es el morir. 
Dejarían en él los ecos asordados, empañados, 
de lo que tuvo vida. 
Alguien advertiría la humedad de las lágrimas, 
lloraría por seres que jamás conoció, 
que acaso no es posible que existieran 
aunque estuvieron vivos 
en el recuerdo o en la imaginación. 
Lloraríamos todos por los desconocidos, 
los —para mí —difuminados 
en la magia del tiempo.

Contra las estructuras 

de metal y de vidrio nocturno 
rebotan las palabras aún sin forma, 
consagradas en el torbellino helado, 
y no me hacen llorar. 
Yo ya no sé llorar. ¡Y mira que he llorado!

Yo ya no lloro, 

excepto por aquello que algún día 
me hizo llorar: 
los aviones que proclamaban 
que todo había terminado; 
la estación amarilla diluida en la noche 
en la que coincidían, tan sólo unos instantes, 
el tren que partía hacia el norte 
y el que partía hacia el oeste 
y jamás volverían a encontrarse; 
y la voz de Juan Rulfo: «diles que no me maten»; 
y la malagueña canaria; 
y la niña mendiga de Lisboa 
que me pidió un «besiño».

Yo ya no lloro. 

Ni siquiera cuando recuerdo 
lo que aún me queda por llorar.

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